lunes, 21 de junio de 2010

El viejo José


Don José vive a un lado del registro civil. Donde lleva toda una vida trabajando. Vive solo. En un cuarto pequeño, cuyo mobiliario da la idea de un hombre que sobrevive apenas con un sueldo nada rimbombante. Sale de su cuarto y prácticamente entra a la conservaduría del registro civil; sale de ahí, por la tarde, y entra a su cuarto, que es más un reducto que un espacio para vivir. Se presenta temprano, ante su jefe primero, que a su vez saluda a su jefe segundo, y así hasta llegar al director de la conservaduría que, invariablemente, cruza alguna palabra con don José.
Esta vida sin altibajos ni grandes acontecimientos un día de pronto se ve alterada por una idea que no deja en paz a don José: conocer a una mujer de la que no se tiene el registro completo en la conservaduría, y de la cual don José conserva una fotografía que cayó a sus manos por mera casualidad. El ritmo de trabajo del viejo, sus antiguos hábitos de trabajador honorable y cumplidor, su rutina desprovista de cualquier inconveniente, su tranquilidad nada desdeñable; todo desaparece de un plumazo como si don José tratara de no dejar rastro alguno de su vida pasada, y quisiera, de algún modo, volver sobre sus pasos, aferrado al hilo de Ariadna.
En Todos los nombres José Saramago retrata a este viejo de hábitos sempiternos, que a la vuelta de los años recupera un poco las fuerzas para meterse a investigador, sin que medie ninguna proeza o incentivo monetario: no lo mueve un interés particular con la mujer de la fotografía –no lo liga nada a ella–, sin embargo quiere saber qué ha sido de ella en los últimos años. En esa inquietud por conocer esos pormenores don José se recarga, avejentado y enfermo, para tener con qué afrontar el sol de la mañana siguiente. Y así, descuidando actividades y alegando enfermedades, sale con ánimo renovado a emprender su búsqueda.
Don José colecciona en un álbum fotografías y los datos más generales de un sinnúmero de personajes ligados a la farándula: de su legajo la mujer ésa es la única que no pertenece a ese mundo y, quizá, por eso mismo, se empeña en encontrarla. Los nombres de todos ellos se confunden, por lo menos en la cabeza de don José, que, conducido por su búsqueda a un cementerio, el sepulturero le cuenta que allí ningún muerto está en su tumba verdadera; es decir, él mismo se encargó de cambiar los nombres de todos, por lo que los dolientes van y lloran y rezan ante una lápida que no es de quien creen que es. Los nombres de don José, en la conservaduría, por lo menos, siguen intactos, en su sitio, y le alumbran su entrada y salida de aquel mundo de telarañas y oscuridades.
(Vaya este post para don José Saramago, que murió el viernes pasado; para Carlos Monsiváis, que falleció al día siguiente; y para Miguel Juárez “El Negro”, que murió hoy por la mañana tras una dura batalla con un cáncer que al final lo venció.)

“Hoy no has venido al parque. // Podría ponerme a recoger del suelo / la luz desorientada y sin objeto / que ha caído en tu banco. // Para qué voy a hablar / si no está tu silencio. / Para qué he de mirar sin tu mirada. // Y este reloj del corazón que espera / golpeando / y doliendo.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Itinerario simple de tu ausencia –b”

Imagen: www.confiar.coop

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

Lo digo de nuevo: se nos están escapando de las manos, se nos van y nos dejan lo que más amamos de ellos, pero irremediablemente se nos van, y nosotros seguimos aquí, esperando no sé qué cosa de un mundo irreal.