jueves, 11 de septiembre de 2008

Contagio


En “Contagios de lector a lector” Zaid dice que “el vicio de leer se adquiere por admiración”. Considerando tal cosa, me pregunto entonces ¿dónde es que me admiré a tal grado para convertirme en lector?
Esta pregunta, sin embargo, no puede tener una respuesta ceñida a la estipulación de fechas o, en mi caso, a cuadros que me remitan a los primeros años de escuela. A casi todos las primeras letras –escritas, sobre todo, pero también leídas– nos remiten a la estadía en la primaria: el libro de Español “Lecturas” constituyó un primer acercamiento con esa constelación que es siempre la literatura.
“Admira ver a una persona absorta en el trance de leer: desconectada de la realidad”, agrega Zaid. Ahí está el germen de esa admiración que, poco a poco, se transformó en un vicio totalmente disfrutable: el abuelo (creo que ya lo he dicho, pero lo recordaré de nuevo) leía todas las tardes la Biblia: en aquella silla de mecate, en el patio de las macetas, se alejaba del mundo, se perdía en las laberínticas historias bíblicas, de las que, pasado un tiempo, emergía renovado, siempre sonriente, aguzada la mirada: iba del mundo a la Biblia y de las letras a la vida. En ese trance de acoplamiento había algo en él que lo volvía un ser alado.
Mis raíces de apego a la lectura me llevan hasta allá: innumerables tardes sorprendidas por la noche las pasé escuchándolo leer, viéndolo perderse en su voz, sorprendiéndolo en el momento en que literalmente emprendía un vuelo que de algún modo lo llevaba a la incertidumbre: se perdía a tal punto en la lectura (su inmersión era total) que incluso a él mismo le costaba encontrarse.
Esa imagen, alterada ahora por el recuerdo y la querencia lejana si se quiere, me empujó, dócilmente, al abismo de la lectura: hay que abismarse para encontrar la ruta, para aprisionar el “deseo de viajar silenciosamente por ese mundo aventurado y distinto, (quizá no otra cosa que un) deseo de pertenecer”.

“Si en todas partes estás, / en el agua y en la tierra, / en el aire que me encierra / y en el incendio voraz; / y si a todas partes vas / conmigo en el pensamiento, /en el soplo de mi aliento / y en mi sangre confundida/ ¿no serás, Muerte, en mi vida, / agua, fuego, polvo y viento?”
Xavier Villaurrutia, “Décima muerte”

(“Contagios de lector a lector”, en Letras Libres, septiembre de 2008.
El texto de Zaid parte de lo arriba expuesto pero, además, propone prácticas medidas para que los maestros lean y enseñen a leer.
El vicio de la lectura, las lecturas compartidas, son temas distintos que luego trataré.)

Imagen: teatrinviajero.blogia.com

lunes, 8 de septiembre de 2008

Distracciones


El hombre del camión iba distraído. La mujer que iba a su lado, de vez en vez, lo veía de reojo: sus ojos se movían veloces. A esa hora de la mañana, mediando las once, los minibuses van, en su mayoría, vacíos: conté ocho pasajeros. La hora difícil para abordarlos, por lo común, iba de las ocho a las nueve. Después de eso, la modorra de los chóferes rueda inmisericorde por las calles, desperdigando su laxitud contagiosa.
El hombre, que miraba por el cristal hacia las aceras que el camión iba recorriendo en paralelo, parecía no haber dormido la noche anterior: los párpados le pesaban, sus movimientos parecían sacados de una escena en cámara lenta; todo él era un bulto que giraba el cuello con una pesadez tirante. Me recordó la eterna estadía de las vacas al pastar en los horizontes: en un primer plano esa llana quietud y al final, del otro lado del cristal, el barniz de una tarde parda.
Al hombre ese ensimismamiento no le daba para más: a lo mucho, le alcanzaba para mirar continuamente su reloj, tras de lo cual su rostro parecía una mancha limpia: no había línea alguna que diera entender si llevaba prisa, si tenía margen de espera o si no le importaba en lo más mínimo la hora. En efecto, podría decirse que se trataba de un acto reflejo.
A punto de arrancar de cada parada, la mujer que iba a su lado lo recorría casi con impudicia: más de una vez la descubrí con la vista fija en el hombre: por momentos creí, al principio, que trataba de reconocerlo de algún lado, pero, después, era evidente que había algo en él que la sorprendía.
El hombre, para sorpresa de ella, le regresó una mirada que, por volver a su estado vegetal, se podría interpretar como de una radical indiferencia. La mujer, sorprendida en un primer momento y dolida, después, torció la boca y pronunció algunas palabras. Un segundo después el hombre, de nuevo, se había puesto su máscara cortante, pétrea.
La situación, vista así, daba lugar a múltiples conjeturas que, sin otro pasatiempo a la mano, formulé considerando un sinfín de variables que, por otro lado, opté por desechar casi al instante de concebirlas por no armar un laberinto del que después, olvidadizo como soy, no sabría cómo salir: el hombre cargaba una inescrutable tristeza, la mujer, que de sobra está señalar que desconocía todo de la vida del tipo, pretendía entablar una conversación de lo más casual a la más mínima muestra de acercamiento; el hombre no había podido dormir durante toda la noche por preocupaciones económicas, lamentables y desquiciantes, la mujer, conocedora de esa flaqueza, le hablaría en un intento de consuelo que, por otro lado, estaba imposibilitada para dar; el hombre iba a su casa a descansar tras una fatídica noche de juerga que acabó en trifulca y de la que todos los involucrados, menos él, habían sido remitidos al ministerio público más cercano, la mujer, de oficio abogada, en alguna ocasión lo había defendido para salir de un apuro, y ahora pretendía cobrarle aquellos servicios que, ella lo detestaba, no llamaba nunca honorarios, sino servicios profesionales de confianza; el hombre, amnésico, había olvidado que la conocía desde la infancia, y la mujer quería refrescarle sus recuerdos y preguntarle sobre su madre….
Más adelante, el hombre se puso en pie y timbró para solicitar la parada; bajó. La mujer lo miró a través de la ventanilla: su rostro, antes inquisitivo y ahora triste, se apagó de ahí en adelante hasta que descendió; enseguida la perdí de vista.

“Las lunas que sumaban los que miran / las estrellas hace tiempo, se dejaron de contar. / Después vino el olvido y en su seno / tu nombre aéreo y terreno se dejó de pronunciar”
Fernando Delgadillo, “Primera estrella de la tarde” en el disco homónimo

(Ahí se los dejo: en Sinaloa actualmente se estudia la posibilidad de legislar sobre bajar el dobladillo a las faldas escolares, como una forma para evitar agresiones de género; la brillante recomendación la hizo el Consejo Nacional para la Evaluación de la Educación Media Superior. México, ya lo han dicho algunos, es un país del todo surrealista.)

Imagen: www.elboomeram.com

sábado, 6 de septiembre de 2008

Nocturnos grillos


Desde hace algunas semanas tengo mascotas en casa: dos grillos enormes que viven y cantan en mis paredes. Éstos, un buen día no muy lejano decidieron aumentar la familia: en cuanto enciendo la luz se alebrestan, se alejan dando tumbos algunos grillos pequeñísimos, negruzcos, saltones; se van como una línea brillante que se alarga en un subibaja risueño.

Los grillos, quizás ahí radica mi apego a esos animales, son, de algún modo, mi infancia: en el patio nocturno, bajo el sol verde de asbesto en que se sentaba el abuelo, sus voces de ritmo de estrella se paseaban con el aire, volaban de los oscuros sitios de las macetas a las paredes sin enjarrar, se encaramaban más que al tejabán o al saliente por donde el agua de lluvia bajaba, al oscuro anochecer marítimo que, avanzadas las horas, se descolgaba sobre nuestras cabezas: entonces, empapado de noche, había que irse a dormir.

Los grillos no gozan de una amplia aceptación en general: su canto, envinado de polvo de ladrillo y provisto de una hoja delgadísima con que raspa los sueños, las más de las veces deja un reguero de sobresaltos....  
  
"No canta el grillo. Ritma la música de una estrella"
José Gorostiza, "Pausas II" en Otras poesías

("Suben los sapos / a escuchar a los grillos / que cortan astros.
Cortan los grillos / con tijeras de sombra / nocturnos lirios...."
Fragmentos de poema encontrados, junto con la imagen, en: antrix-versoninho.blogspot.com)

viernes, 5 de septiembre de 2008

El hombre es el lobo del hombre


En los últimos dos meses, al cambiar de canal en el televisor, me he dado cuenta que en varios canales han proyectado Irreversible (2003), una película del argentino Gaspar Noé, que vi hace tiempo en compañía de la Chica Azul: confieso que lo hicimos en tres partes: sus nudos argumentales nos obligaron –al respiro– a detener el disco y a reproducirlo en otro momento.
“El deseo de venganza es un impulso natural”, se lee en el cartel alusivo para la promoción de ese filme francés, que cuenta la historia de atrás hacia adelante: el carrusel de la linealidad narrativa va girando a la inversa, a través de numerosos movimientos de cámara y ocularizaciones internas, desplegando un tipo de violencia sucia, degradante, inquietante, que deja secuelas, porque un acto violento siempre cala, a pesar de que sólo –no importa si de lejos o de cerca– se le mire.
“El hombre es el lobo del hombre”, señalaba Hobbes; es decir, el peligro del hombre reside en él mismo: qué paradoja o que malviaje como lo apuntarían algunos: tiene que mantener a salvo su espalda precisamente de quien tendría que cuidársela. Alucinado y apocalíptico si se quiere, pero sería difícil negar tal cosa a estas alturas.
Sabines, por su parte, escribió en un poema que “el pez grande siempre se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre”. En esto tampoco hay mucho que defender: la ley del más fuerte a menudo se impone sin juegos pirotécnicos y con todo lo que ello implica. El avasallamiento del otro a través de una actitud violenta se ha convertido en el proceder –mecánico, robotizado– más común que pueda verse, e incluso goza de una legitimación aborrecible.
En Irreversible el postulado de Hobbes y los versos del poema de Sabines (arriba citados) son llevados al encuadre –no afirmo que el director eso haya buscado. En la película hay una imitación de esa pretensión de avasallamiento, y la violencia quizá sea la manifestación primera de esa escalada de desfase iracundo que, en el fondo, –así lo veo yo– se pronuncia como un instinto natural.

“Este es un canto para ti. / Entero como el aire que pasa y acaricia las flores del durazno. / Feliz como una noche total. / Dulce como los niños que se enamoran de su maestra / y no saben decir dónde les duele / y lloran”
Efraín Bartolomé, “Canto en voz baja” en Música solar (1984)

(Ahí se los dejo: en lo que va del año se han quitado la vida 62 soldados estadounidenses y se investigan otros posibles 31 casos. El Ejército reconoce que las misiones continuas y repetidas, como la ocupación de Iraq, pueden estar influyendo en la multiplicación de cuadros depresivos y ansiedad entre los militares.)

Imagen: http://www.elfwood.com/

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Quinteto maldito


En Las vocales malditas está contenido un ejercicio titánico: el autor, como fácilmente podría pensarse, no inventó palabras, mucho menos dio origen a alguna nueva letra: de todo ese amasijo de líneas curveadas, rectas, horizontales, alargadas, verticales, en circunferencia que componen las múltiples unidades del abecedario dio a luz otra cosa; algo que, en un primer momento, parecería risible y que, sin embargo, tras el embeleso, conduce a la satisfacción simple y pura, a un estado incluso de bien saboreado desconcierto. Bien dicen algunos que la literatura no es más que una satisfacción prolongada, un éxtasis en potencia al que sólo se le da rienda suelta en momentos exactos.
Se sabe que las vocales tan sólo son cinco, pero la cuestión escriturística y literaria del volumen no se limita a esta cantidad mínima, sino a la desmesura misma del propósito: y no estamos hablando –para disipar cualquier velo de confusión– de esas cinco vocales por todos conocidas hasta la saciedad, sino de otras vocales, cuya condición, que por otro lado es una novedad, es que son malditas. Malditas vocales.
Las vocales malditas es un libro de cinco cuentos: cada uno de ellos corresponde a una vocal, es decir, el primer cuento titulado “Cantata a Satanás” sólo utiliza palabras con la letra a; el segundo, “El hereje rebelde”, evidencia la misma pretensión, pero ahora con la letra e. Y siguiendo el mismo modelo de armado están construidos los restantes tres cuentos: visto así, y bajo una visión limitada, la puesta en página de esa locura llamada Las vocales malditas daría la impresión de ser un ejercicio meramente diluciditario y chocante, pero no, en el fondo se trata de la filtración de un misterio, de una idea que rompe en mil y un vericuetos no del todo transitables y carentes de un sendero delineado.
Este libro no pudo ser producto más que de un escritor desequilibrado, loco; y nada mejor como este pretexto para engarzar aquí aquello que reza así: “de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco”. Las vocales malditas, vocales herejes por donde se les vea, llevan por una travesía alucinante de la que se saben de antemano las escalas y quizás su recurso reiterativo (se empieza con la a y ha de acabarse en la u), pero no se sabe nunca –incluso después de leer los cinco relatos- el punto de ebullición de donde se desprende el final de cada cuento.

De los atisbos de locura nadie estamos exentos, ¿a qué podríamos atenernos entonces si la mayoría ha adquirido una locura siniestra por incurable?
A estas alturas, negar la locura en cada uno no sólo sería inútil sino, incluso, pernicioso: aún cuando no se recuerde un rostro por más esfuerzos que se hagan, todos conocen a todos, las locuras de todos les son propias a cada uno: porque la locura –bendita locura- bien puede ser una careta que nos ajustamos al rostro apenas trasponemos la puerta, apenas asomamos un ojo a la vecindad insalvable –y a veces procurable- a la que nos ha condenado el mundo.

“Me voy a convertir en todo / me voy a transformar en mono. / Me voy a convertir en todo / me voy a transformar en lobo / para aullarte la noche entera”
Caifanes, “Nunca me voy a transformar en ti”, en Caifanes

(Óscar de la Borbolla. Las vocales malditas. Nueva Imagen, México, 2003.
Arriba van las aves. Su silencioso vuelo va salpicando el agua de sombras vacilantes….)

Imagen: www.latiendadelafamilia.com

martes, 2 de septiembre de 2008

Insomniedades


El insomnio, de suyo tan permisivo, acaba por volverse líquido: lo peor es ese sudor pegajoso que prolonga inmisericorde las noches; ese líquido, casi siempre, se impregna a las paredes y las asciende, con toda sorna se extiende por el techo hasta cubrirlo y, lechoso, desde allí, despliega los miles de ojos con que ha de pasar el tiempo guiñándome hasta el cansancio, hasta la hora última dispuesta al descanso.
Si existe una manera de atravesar las noches en vela sin sufrir desvaríos ni acusar algún rasguño, el insomnio no es lo más recomendable: cuando se ha instalado, con el aire de quien asienta sus reales en un trono que pregona merecer, abre sus manos y sus dedos no son más que objetos filosos que rasgan todo: la certidumbre, la quietud, la ensoñación de ojos abiertos y cerrados, la esperanza en conciliar el sueño en el siguiente segundo; no existe todavía alguien, por lo menos que yo conozca, que haya emergido sano y salvo de sus redes: el insomnio, al hacer sus cuentas, preconiza los nombres de los damnificados con sus encantos.
El insomnio más de una vez, hace ya muchos días, fue mi aliado, y en esa camaradería llegué a concebirlo como una página blanca que pedía a gritos que, por medio de incisiones precisas y delicadas, le imprimiera letras que, al leerlas, fuera dable comprender su pasado y avizorar el derrotero de los días venideros, especialmente en lo tocante a las horas de la noche.
Las noches en vela, por más que se busque con linterna o con el auxilio de otro par de ojos, no tienen más de un horizonte, no poseen más de una encomienda: desdoblar sin prisas el lado ése donde la noche deja de serlo y da paso a otras luces; a las noches en vela, en descargo suyo, sí se les puede configurar de tal modo que acuñen más de un punto de llegada: la mañana entonces se abre con el color de la naranja, el alba se deja seducir y conducir a los terrenos menos complicados.
La ruta comienza aquí: el insomnio, laberíntico trazado de oscuridades y oquedades, sin otra pretensión que no tenga que ver con la ausencia de luminosidades y puertos propicios para el desembarque del agobio y el sueño nunca concretado, se prolonga aún cuando se logre dormir: allí, en ese territorio inhóspito y colmado de desorientaciones, el insomnio, provisto de tentáculos que comúnmente se conocen como insomniedades, halla tierra fértil para su permanencia por muchas horas, muchos días, muchas cavilaciones.

“Llevo toda una vida esperando una respuesta / todo tiene un tiempo y esto lo tendrá también… Siempre me dijeron lo del cielo y el infierno, / pero yo no creo que exista algo peor…”
Enanitos Verdes, “Estoy dispuesto” en Big Bang

(Mi corazonada no tardó mucho en concretarse: Cirilo regresó ayer. Bebesito lo descubrió en la calle y comenzó a dar gritos de emoción.)

Imagen: www.espacioblog.com

lunes, 1 de septiembre de 2008

Días de perros


“Como todos sabemos, aún hay gente que abandona por el mundo a sus animales”. De entrada esto es innegable y, al mismo tiempo, es de lamentarse: los cuadros de estos abandonos se repiten y multiplican cada día más. “Esto conduce a otro tema, que a mí me arroja a la furia y al histerismo”. Hay quien, en este apartado, aún a estas alturas se pregunta por qué se protege a los animales cuando hay tanto ser humano necesitado. El asunto es una cuestión de perspectivas que, por otro lado, aquí no trataré. Lo entrecomillado lo escribe Anamari Gomís en “Vidas de perros”.
De inmediato, tras leer eso pensé en la Chica Azul, también ella se enfurece con esas actitudes: uno de sus sueños (no del todo irrealizable) es regentear y atender una granja de animales, sobre todo perros; y para muestra de esa afinidad que, de algún modo, le da para vivir, ahí está Cirilo y cuanto perro encuentra a su paso, llevado por su dueño o no, a los que prodiga, por lo menos, una mirada, cuando no una caricia y unas cuantas palabras.
A ella le mueve los adentros ver por la ciudad y pueblos a perros abandonados: Anamari, lo dice en el texto, puso en acción a cuerpos policiales y camiones de bomberos para rescatar a un perro callejero de un carril de alta velocidad en el Periférico capitalino; la Chica Azul, cada que escapa Cirilo, sale a la calle en su búsqueda, sin importar la hora ni las calles o avenidas que haya que recorrer de ida y vuelta, en un sentido y en otro; en una ocasión alguien de su familia dejó la puerta abierta a propósito para que se saliera un perro pequeño, al que ya no volvieron a ver. Eso, a pesar de haber pasado algunos años, le sigue bullendo en las entrañas. Le da rabia tan sólo recordarlo.
En muchas ocasiones, yendo en el auto su labor de copiloto (compañía llana) se ha ceñido, además de alertar sobre las luces en los semáforos, el encendido a tiempo de las direccionales, el respeto a las zonas peatonales al detenerse en cualquier crucero, a señalar, a veces con gritos o llamados de auxilio, que un perro cruza la calle o la carretera, y entonces hay que frenar si no viene auto detrás o tratar de esquivarlo cuando incluso la velocidad es un tanto alta; en todas esas veces su preocupación se ha visto premiada, pues hasta el momento —afortunado que soy— no he atropellado a ninguno.
Pero su sentido humanitario no se limita a los perros; hay en su universo de querencias un sinfín de motivos por los cuales se informa, lee, protesta, divulga, comunica, alerta, señala, defiende: de todo lo que le importa tiene un bagaje provisto de lecturas y otras acciones. No, no se le puede concebir de otra manera. No se le puede conocer de otro modo. No se le puede querer sin considerar esto.

Por cierto, Cirilo ha desaparecido de nueva cuenta: su vieja pretensión de convertirse en un perro vagabundo se ha ramificado: lo malo de la cuestión es que no creemos que pueda sobrevivir en la calle. No obstante, contra lo que se piensa en torno a ello, casi puedo asegurar que aparecerá. La Chica Azul, en este tenor, es capaz de viajar 300 kilómetros para ir en su busca, tal como lo hiciera el anciano protagonista de Historias mínimas, un filme de Carlos Sorín.

“Qué maneras más curiosas, / de recordar tiene uno; / qué maneras más curiosas, / hoy recuerdo mariposas, / que ayer sólo fueron humo / mariposas, mariposas, / que emergieron de lo oscuro, / bailarinas, silenciosas….”
Silvio Rodríguez, “Mariposas”

(El insomnio ha regresado, y sus arrestos dan para amenazas y malos ratos.
Ahí se los dejo: en Finlandia no es obligatorio el servicio militar; pero lo que sí quieren hacer obligatorio —ya se hizo la propuesta pertinente—, es que todos, absolutamente todos los finlandeses, mujeres y hombres por igual de todas las condiciones y posibilidades, tienen que llevar un año de estudios filosóficos —educación básica diríase—, cuyo fin es reflexionar sobre la situación social.)
Imagen: www.curiousanimals.net