
El insomnio, de suyo tan permisivo, acaba por volverse líquido: lo peor es ese sudor pegajoso que prolonga inmisericorde las noches; ese líquido, casi siempre, se impregna a las paredes y las asciende, con toda sorna se extiende por el techo hasta cubrirlo y, lechoso, desde allí, despliega los miles de ojos con que ha de pasar el tiempo guiñándome hasta el cansancio, hasta la hora última dispuesta al descanso.
Si existe una manera de atravesar las noches en vela sin sufrir desvaríos ni acusar algún rasguño, el insomnio no es lo más recomendable: cuando se ha instalado, con el aire de quien asienta sus reales en un trono que pregona merecer, abre sus manos y sus dedos no son más que objetos filosos que rasgan todo: la certidumbre, la quietud, la ensoñación de ojos abiertos y cerrados, la esperanza en conciliar el sueño en el siguiente segundo; no existe todavía alguien, por lo menos que yo conozca, que haya emergido sano y salvo de sus redes: el insomnio, al hacer sus cuentas, preconiza los nombres de los damnificados con sus encantos.
El insomnio más de una vez, hace ya muchos días, fue mi aliado, y en esa camaradería llegué a concebirlo como una página blanca que pedía a gritos que, por medio de incisiones precisas y delicadas, le imprimiera letras que, al leerlas, fuera dable comprender su pasado y avizorar el derrotero de los días venideros, especialmente en lo tocante a las horas de la noche.
Las noches en vela, por más que se busque con linterna o con el auxilio de otro par de ojos, no tienen más de un horizonte, no poseen más de una encomienda: desdoblar sin prisas el lado ése donde la noche deja de serlo y da paso a otras luces; a las noches en vela, en descargo suyo, sí se les puede configurar de tal modo que acuñen más de un punto de llegada: la mañana entonces se abre con el color de la naranja, el alba se deja seducir y conducir a los terrenos menos complicados.
La ruta comienza aquí: el insomnio, laberíntico trazado de oscuridades y oquedades, sin otra pretensión que no tenga que ver con la ausencia de luminosidades y puertos propicios para el desembarque del agobio y el sueño nunca concretado, se prolonga aún cuando se logre dormir: allí, en ese territorio inhóspito y colmado de desorientaciones, el insomnio, provisto de tentáculos que comúnmente se conocen como insomniedades, halla tierra fértil para su permanencia por muchas horas, muchos días, muchas cavilaciones.
“Llevo toda una vida esperando una respuesta / todo tiene un tiempo y esto lo tendrá también… Siempre me dijeron lo del cielo y el infierno, / pero yo no creo que exista algo peor…”
Enanitos Verdes, “Estoy dispuesto” en Big Bang
(Mi corazonada no tardó mucho en concretarse: Cirilo regresó ayer. Bebesito lo descubrió en la calle y comenzó a dar gritos de emoción.)
Imagen: www.espacioblog.com
Si existe una manera de atravesar las noches en vela sin sufrir desvaríos ni acusar algún rasguño, el insomnio no es lo más recomendable: cuando se ha instalado, con el aire de quien asienta sus reales en un trono que pregona merecer, abre sus manos y sus dedos no son más que objetos filosos que rasgan todo: la certidumbre, la quietud, la ensoñación de ojos abiertos y cerrados, la esperanza en conciliar el sueño en el siguiente segundo; no existe todavía alguien, por lo menos que yo conozca, que haya emergido sano y salvo de sus redes: el insomnio, al hacer sus cuentas, preconiza los nombres de los damnificados con sus encantos.
El insomnio más de una vez, hace ya muchos días, fue mi aliado, y en esa camaradería llegué a concebirlo como una página blanca que pedía a gritos que, por medio de incisiones precisas y delicadas, le imprimiera letras que, al leerlas, fuera dable comprender su pasado y avizorar el derrotero de los días venideros, especialmente en lo tocante a las horas de la noche.
Las noches en vela, por más que se busque con linterna o con el auxilio de otro par de ojos, no tienen más de un horizonte, no poseen más de una encomienda: desdoblar sin prisas el lado ése donde la noche deja de serlo y da paso a otras luces; a las noches en vela, en descargo suyo, sí se les puede configurar de tal modo que acuñen más de un punto de llegada: la mañana entonces se abre con el color de la naranja, el alba se deja seducir y conducir a los terrenos menos complicados.
La ruta comienza aquí: el insomnio, laberíntico trazado de oscuridades y oquedades, sin otra pretensión que no tenga que ver con la ausencia de luminosidades y puertos propicios para el desembarque del agobio y el sueño nunca concretado, se prolonga aún cuando se logre dormir: allí, en ese territorio inhóspito y colmado de desorientaciones, el insomnio, provisto de tentáculos que comúnmente se conocen como insomniedades, halla tierra fértil para su permanencia por muchas horas, muchos días, muchas cavilaciones.
“Llevo toda una vida esperando una respuesta / todo tiene un tiempo y esto lo tendrá también… Siempre me dijeron lo del cielo y el infierno, / pero yo no creo que exista algo peor…”
Enanitos Verdes, “Estoy dispuesto” en Big Bang
(Mi corazonada no tardó mucho en concretarse: Cirilo regresó ayer. Bebesito lo descubrió en la calle y comenzó a dar gritos de emoción.)
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