
Hace días, en este mismo espacio, decía que “un acto violento, no obstante si se le mira de cerca o de lejos, siempre cala”: deja algo, es obvio, en el afectado, pero también en quien lo ejecuta, en quien lo presencia, en quien lo provoca.
Ayer mismo la Chica Azul llegó a casa con el cuerpo temblando: minutos antes había visto, justo delante suyo, cuando una camioneta embestía prácticamente a un hombre que cruzaba la calle y lo había levantado por los aires. La fuerza del impacto había hecho parecer que lo que surcaba el aire no era un cuerpo, sino un objeto endeble, fácilmente levadizo y sin peso.
El hombre cayó unos metros adelante: ningún automovolista, aun cuando la luz ya había cambiado al verde, se movió por largos instantes: quizá todos, como le pasó a la Chica Azul, no daban crédito a lo que sus ojos habían capturado cuadro por cuadro. Esa mudez y ensimismamiento es semejante a la que se experimenta tras terminar de ver Bailando en la oscuridad, de Lars Von Trier: se saborea una quietud que tiene que ver más con la desolación que con la parsimonia.
Un atropellamiento, por donde se le vea, es un acto violento: lo hondo que llega a recalar en los adentros en quien ve aquel suceso, nada tiene que ver con el conocimiento o no del sujeto en cuestión. Es decir, el acto violento cala porque el ser humano lleva muy dentro de sí el sentido de la defensa de los suyos, aun cuando el que lleve a cabo el ataque pertenezca al mismo bando.
La intención del acto violento, por otro lado, le añade o le resta a esa sensación de vorágine y rabia que hace presa de quien es testigo de la violencia: no es lo mismo, por ejemplo, ver cómo un sujeto (o varios) se ensaña (n) con otro y lo muele (n) a patadas y puñetazos, a aquella situación en que un tipo acaba en el suelo por un caballazo producto de un descuido, garrafal sí, pero descuido al fin. La intención, aquí, cuenta, y mucho: arremeter contra lo que sea lleva implícita una fuerza, y va a depender del motivo, justificado o no, la fuerza que se le imprima. Y no estamos hablando precisamente de que haya golpes menores o de arranques producto de la desmesura; se trata, más bien, de que un acto violento, por sí solo, puede encarnar, incluso, un modo de ser, de comportarse, de pensar.
Pasadas unas horas la Chica Azul aún no había digerido lo visto. Sabemos que en esta ciudad, como en tantas otras, ese tipo de actos suceden a menudo, diariamente. Ahora sí que, y sin tratar de demeritar la crudeza y lo lamentable del asunto, habría que adoptar aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”.
“Adolezco de fútiles cariños / unos con otros ayuntados. / Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo / retratos azarosos y animales domésticos. / Me absorben los rumores de la calle, / los muros blancos al amanecer, / la lluvia, los jardines públicos.”
Jaime García Terrés, “Idilio”
Imagen: cuestióndeego.blogspot.com
Ayer mismo la Chica Azul llegó a casa con el cuerpo temblando: minutos antes había visto, justo delante suyo, cuando una camioneta embestía prácticamente a un hombre que cruzaba la calle y lo había levantado por los aires. La fuerza del impacto había hecho parecer que lo que surcaba el aire no era un cuerpo, sino un objeto endeble, fácilmente levadizo y sin peso.
El hombre cayó unos metros adelante: ningún automovolista, aun cuando la luz ya había cambiado al verde, se movió por largos instantes: quizá todos, como le pasó a la Chica Azul, no daban crédito a lo que sus ojos habían capturado cuadro por cuadro. Esa mudez y ensimismamiento es semejante a la que se experimenta tras terminar de ver Bailando en la oscuridad, de Lars Von Trier: se saborea una quietud que tiene que ver más con la desolación que con la parsimonia.
Un atropellamiento, por donde se le vea, es un acto violento: lo hondo que llega a recalar en los adentros en quien ve aquel suceso, nada tiene que ver con el conocimiento o no del sujeto en cuestión. Es decir, el acto violento cala porque el ser humano lleva muy dentro de sí el sentido de la defensa de los suyos, aun cuando el que lleve a cabo el ataque pertenezca al mismo bando.
La intención del acto violento, por otro lado, le añade o le resta a esa sensación de vorágine y rabia que hace presa de quien es testigo de la violencia: no es lo mismo, por ejemplo, ver cómo un sujeto (o varios) se ensaña (n) con otro y lo muele (n) a patadas y puñetazos, a aquella situación en que un tipo acaba en el suelo por un caballazo producto de un descuido, garrafal sí, pero descuido al fin. La intención, aquí, cuenta, y mucho: arremeter contra lo que sea lleva implícita una fuerza, y va a depender del motivo, justificado o no, la fuerza que se le imprima. Y no estamos hablando precisamente de que haya golpes menores o de arranques producto de la desmesura; se trata, más bien, de que un acto violento, por sí solo, puede encarnar, incluso, un modo de ser, de comportarse, de pensar.
Pasadas unas horas la Chica Azul aún no había digerido lo visto. Sabemos que en esta ciudad, como en tantas otras, ese tipo de actos suceden a menudo, diariamente. Ahora sí que, y sin tratar de demeritar la crudeza y lo lamentable del asunto, habría que adoptar aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”.
“Adolezco de fútiles cariños / unos con otros ayuntados. / Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo / retratos azarosos y animales domésticos. / Me absorben los rumores de la calle, / los muros blancos al amanecer, / la lluvia, los jardines públicos.”
Jaime García Terrés, “Idilio”
Imagen: cuestióndeego.blogspot.com
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