
En Las vocales malditas está contenido un ejercicio titánico: el autor, como fácilmente podría pensarse, no inventó palabras, mucho menos dio origen a alguna nueva letra: de todo ese amasijo de líneas curveadas, rectas, horizontales, alargadas, verticales, en circunferencia que componen las múltiples unidades del abecedario dio a luz otra cosa; algo que, en un primer momento, parecería risible y que, sin embargo, tras el embeleso, conduce a la satisfacción simple y pura, a un estado incluso de bien saboreado desconcierto. Bien dicen algunos que la literatura no es más que una satisfacción prolongada, un éxtasis en potencia al que sólo se le da rienda suelta en momentos exactos.
Se sabe que las vocales tan sólo son cinco, pero la cuestión escriturística y literaria del volumen no se limita a esta cantidad mínima, sino a la desmesura misma del propósito: y no estamos hablando –para disipar cualquier velo de confusión– de esas cinco vocales por todos conocidas hasta la saciedad, sino de otras vocales, cuya condición, que por otro lado es una novedad, es que son malditas. Malditas vocales.
Las vocales malditas es un libro de cinco cuentos: cada uno de ellos corresponde a una vocal, es decir, el primer cuento titulado “Cantata a Satanás” sólo utiliza palabras con la letra a; el segundo, “El hereje rebelde”, evidencia la misma pretensión, pero ahora con la letra e. Y siguiendo el mismo modelo de armado están construidos los restantes tres cuentos: visto así, y bajo una visión limitada, la puesta en página de esa locura llamada Las vocales malditas daría la impresión de ser un ejercicio meramente diluciditario y chocante, pero no, en el fondo se trata de la filtración de un misterio, de una idea que rompe en mil y un vericuetos no del todo transitables y carentes de un sendero delineado.
Este libro no pudo ser producto más que de un escritor desequilibrado, loco; y nada mejor como este pretexto para engarzar aquí aquello que reza así: “de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco”. Las vocales malditas, vocales herejes por donde se les vea, llevan por una travesía alucinante de la que se saben de antemano las escalas y quizás su recurso reiterativo (se empieza con la a y ha de acabarse en la u), pero no se sabe nunca –incluso después de leer los cinco relatos- el punto de ebullición de donde se desprende el final de cada cuento.
De los atisbos de locura nadie estamos exentos, ¿a qué podríamos atenernos entonces si la mayoría ha adquirido una locura siniestra por incurable?
A estas alturas, negar la locura en cada uno no sólo sería inútil sino, incluso, pernicioso: aún cuando no se recuerde un rostro por más esfuerzos que se hagan, todos conocen a todos, las locuras de todos les son propias a cada uno: porque la locura –bendita locura- bien puede ser una careta que nos ajustamos al rostro apenas trasponemos la puerta, apenas asomamos un ojo a la vecindad insalvable –y a veces procurable- a la que nos ha condenado el mundo.
“Me voy a convertir en todo / me voy a transformar en mono. / Me voy a convertir en todo / me voy a transformar en lobo / para aullarte la noche entera”
Caifanes, “Nunca me voy a transformar en ti”, en Caifanes
(Óscar de la Borbolla. Las vocales malditas. Nueva Imagen, México, 2003.
Arriba van las aves. Su silencioso vuelo va salpicando el agua de sombras vacilantes….)
Se sabe que las vocales tan sólo son cinco, pero la cuestión escriturística y literaria del volumen no se limita a esta cantidad mínima, sino a la desmesura misma del propósito: y no estamos hablando –para disipar cualquier velo de confusión– de esas cinco vocales por todos conocidas hasta la saciedad, sino de otras vocales, cuya condición, que por otro lado es una novedad, es que son malditas. Malditas vocales.
Las vocales malditas es un libro de cinco cuentos: cada uno de ellos corresponde a una vocal, es decir, el primer cuento titulado “Cantata a Satanás” sólo utiliza palabras con la letra a; el segundo, “El hereje rebelde”, evidencia la misma pretensión, pero ahora con la letra e. Y siguiendo el mismo modelo de armado están construidos los restantes tres cuentos: visto así, y bajo una visión limitada, la puesta en página de esa locura llamada Las vocales malditas daría la impresión de ser un ejercicio meramente diluciditario y chocante, pero no, en el fondo se trata de la filtración de un misterio, de una idea que rompe en mil y un vericuetos no del todo transitables y carentes de un sendero delineado.
Este libro no pudo ser producto más que de un escritor desequilibrado, loco; y nada mejor como este pretexto para engarzar aquí aquello que reza así: “de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco”. Las vocales malditas, vocales herejes por donde se les vea, llevan por una travesía alucinante de la que se saben de antemano las escalas y quizás su recurso reiterativo (se empieza con la a y ha de acabarse en la u), pero no se sabe nunca –incluso después de leer los cinco relatos- el punto de ebullición de donde se desprende el final de cada cuento.
De los atisbos de locura nadie estamos exentos, ¿a qué podríamos atenernos entonces si la mayoría ha adquirido una locura siniestra por incurable?
A estas alturas, negar la locura en cada uno no sólo sería inútil sino, incluso, pernicioso: aún cuando no se recuerde un rostro por más esfuerzos que se hagan, todos conocen a todos, las locuras de todos les son propias a cada uno: porque la locura –bendita locura- bien puede ser una careta que nos ajustamos al rostro apenas trasponemos la puerta, apenas asomamos un ojo a la vecindad insalvable –y a veces procurable- a la que nos ha condenado el mundo.
“Me voy a convertir en todo / me voy a transformar en mono. / Me voy a convertir en todo / me voy a transformar en lobo / para aullarte la noche entera”
Caifanes, “Nunca me voy a transformar en ti”, en Caifanes
(Óscar de la Borbolla. Las vocales malditas. Nueva Imagen, México, 2003.
Arriba van las aves. Su silencioso vuelo va salpicando el agua de sombras vacilantes….)
Imagen: www.latiendadelafamilia.com
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