
En “Contagios de lector a lector” Zaid dice que “el vicio de leer se adquiere por admiración”. Considerando tal cosa, me pregunto entonces ¿dónde es que me admiré a tal grado para convertirme en lector?
Esta pregunta, sin embargo, no puede tener una respuesta ceñida a la estipulación de fechas o, en mi caso, a cuadros que me remitan a los primeros años de escuela. A casi todos las primeras letras –escritas, sobre todo, pero también leídas– nos remiten a la estadía en la primaria: el libro de Español “Lecturas” constituyó un primer acercamiento con esa constelación que es siempre la literatura.
“Admira ver a una persona absorta en el trance de leer: desconectada de la realidad”, agrega Zaid. Ahí está el germen de esa admiración que, poco a poco, se transformó en un vicio totalmente disfrutable: el abuelo (creo que ya lo he dicho, pero lo recordaré de nuevo) leía todas las tardes la Biblia: en aquella silla de mecate, en el patio de las macetas, se alejaba del mundo, se perdía en las laberínticas historias bíblicas, de las que, pasado un tiempo, emergía renovado, siempre sonriente, aguzada la mirada: iba del mundo a la Biblia y de las letras a la vida. En ese trance de acoplamiento había algo en él que lo volvía un ser alado.
Mis raíces de apego a la lectura me llevan hasta allá: innumerables tardes sorprendidas por la noche las pasé escuchándolo leer, viéndolo perderse en su voz, sorprendiéndolo en el momento en que literalmente emprendía un vuelo que de algún modo lo llevaba a la incertidumbre: se perdía a tal punto en la lectura (su inmersión era total) que incluso a él mismo le costaba encontrarse.
Esa imagen, alterada ahora por el recuerdo y la querencia lejana si se quiere, me empujó, dócilmente, al abismo de la lectura: hay que abismarse para encontrar la ruta, para aprisionar el “deseo de viajar silenciosamente por ese mundo aventurado y distinto, (quizá no otra cosa que un) deseo de pertenecer”.
“Si en todas partes estás, / en el agua y en la tierra, / en el aire que me encierra / y en el incendio voraz; / y si a todas partes vas / conmigo en el pensamiento, /en el soplo de mi aliento / y en mi sangre confundida/ ¿no serás, Muerte, en mi vida, / agua, fuego, polvo y viento?”
Xavier Villaurrutia, “Décima muerte”
(“Contagios de lector a lector”, en Letras Libres, septiembre de 2008.
El texto de Zaid parte de lo arriba expuesto pero, además, propone prácticas medidas para que los maestros lean y enseñen a leer.
Esta pregunta, sin embargo, no puede tener una respuesta ceñida a la estipulación de fechas o, en mi caso, a cuadros que me remitan a los primeros años de escuela. A casi todos las primeras letras –escritas, sobre todo, pero también leídas– nos remiten a la estadía en la primaria: el libro de Español “Lecturas” constituyó un primer acercamiento con esa constelación que es siempre la literatura.
“Admira ver a una persona absorta en el trance de leer: desconectada de la realidad”, agrega Zaid. Ahí está el germen de esa admiración que, poco a poco, se transformó en un vicio totalmente disfrutable: el abuelo (creo que ya lo he dicho, pero lo recordaré de nuevo) leía todas las tardes la Biblia: en aquella silla de mecate, en el patio de las macetas, se alejaba del mundo, se perdía en las laberínticas historias bíblicas, de las que, pasado un tiempo, emergía renovado, siempre sonriente, aguzada la mirada: iba del mundo a la Biblia y de las letras a la vida. En ese trance de acoplamiento había algo en él que lo volvía un ser alado.
Mis raíces de apego a la lectura me llevan hasta allá: innumerables tardes sorprendidas por la noche las pasé escuchándolo leer, viéndolo perderse en su voz, sorprendiéndolo en el momento en que literalmente emprendía un vuelo que de algún modo lo llevaba a la incertidumbre: se perdía a tal punto en la lectura (su inmersión era total) que incluso a él mismo le costaba encontrarse.
Esa imagen, alterada ahora por el recuerdo y la querencia lejana si se quiere, me empujó, dócilmente, al abismo de la lectura: hay que abismarse para encontrar la ruta, para aprisionar el “deseo de viajar silenciosamente por ese mundo aventurado y distinto, (quizá no otra cosa que un) deseo de pertenecer”.
“Si en todas partes estás, / en el agua y en la tierra, / en el aire que me encierra / y en el incendio voraz; / y si a todas partes vas / conmigo en el pensamiento, /en el soplo de mi aliento / y en mi sangre confundida/ ¿no serás, Muerte, en mi vida, / agua, fuego, polvo y viento?”
Xavier Villaurrutia, “Décima muerte”
(“Contagios de lector a lector”, en Letras Libres, septiembre de 2008.
El texto de Zaid parte de lo arriba expuesto pero, además, propone prácticas medidas para que los maestros lean y enseñen a leer.
El vicio de la lectura, las lecturas compartidas, son temas distintos que luego trataré.)
Imagen: teatrinviajero.blogia.com
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