
Desde hace algunas semanas tengo mascotas en casa: dos grillos enormes que viven y cantan en mis paredes. Éstos, un buen día no muy lejano decidieron aumentar la familia: en cuanto enciendo la luz se alebrestan, se alejan dando tumbos algunos grillos pequeñísimos, negruzcos, saltones; se van como una línea brillante que se alarga en un subibaja risueño.
Los grillos, quizás ahí radica mi apego a esos animales, son, de algún modo, mi infancia: en el patio nocturno, bajo el sol verde de asbesto en que se sentaba el abuelo, sus voces de ritmo de estrella se paseaban con el aire, volaban de los oscuros sitios de las macetas a las paredes sin enjarrar, se encaramaban más que al tejabán o al saliente por donde el agua de lluvia bajaba, al oscuro anochecer marítimo que, avanzadas las horas, se descolgaba sobre nuestras cabezas: entonces, empapado de noche, había que irse a dormir.
Los grillos no gozan de una amplia aceptación en general: su canto, envinado de polvo de ladrillo y provisto de una hoja delgadísima con que raspa los sueños, las más de las veces deja un reguero de sobresaltos....
"No canta el grillo. Ritma la música de una estrella"
José Gorostiza, "Pausas II" en Otras poesías
("Suben los sapos / a escuchar a los grillos / que cortan astros.
Cortan los grillos / con tijeras de sombra / nocturnos lirios...."
Fragmentos de poema encontrados, junto con la imagen, en: antrix-versoninho.blogspot.com)
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