lunes, 22 de septiembre de 2008

Cataclismo acuoso


La (siempre bienvenida) lluvia que se dejó caer sobre la ciudad el viernes pasado tuvo tintes intimidatorios: amplias zonas inundadas, infinidad de autos varados, que corrían flotando; árboles y postes caídos, cables eléctricos y telefónicos arrancados de un tirón, alcantarillas volteadas, avenidas atestadas de agua y vehículos, esquinas que, rebasadas por el líquido, perdieron toda dimensión espacial.
El cielo, negro por cualquier lado que se le viera, más allá de media tarde se abrió de par en par y dio paso a un aluvión con apariencia de cataclismo: hace unos días un amigo, tras algunas lluvias que han inundado varias zonas de la ciudad volviéndola intratable, intransitable, inhóspita; más de una vez ha dicho con un gesto de lamento: “antes me daba gusto que lloviera, ahora, cada vez que el cielo se nubla, siento temor”. Las principales características de las oleadas torrenciales de agua que prácticamente nos han levantado en vilo en esta temporada, han sido su vigor y prolongado efecto.
En el citado viernes, el paisaje iba de un lado a otro, como un trapo dejado a la intemperie en una noche tempestuosa: los vientos que vinieron acompañando a la lluvia, de furiosa raíz y ruidosa presencia, embestían cuanto objeto encontraban a su paso: hicieron parecer a los árboles tan sólo jirones verdosos, blandengues, moldeables a toda mano. Y la ciudad, por largos momentos, se desdibujó: su apariencia por todos conocida se descascaró más de una vez, y sus finas líneas arquitectónicas e íntimas se perdieron como en un borrón sempiterno y despiadado.
A la mañana siguiente, la del sábado, se volvió necesario reconocer, en un primer intento de reapropiación de las querencias y cotidianidades elementales, la nueva geografía de nuestra urbe: su renovado rostro quizás no lo encontramos tan distinto, pero sí fue imperioso adentrarse de a poco en sus revestidas calles y de pronto desnuda superficie.

“Qué bien la hacemos / juntos / tú y yo, agua, / agua, / tú y yo. / ¿Te imaginas, agua, / que resbaláramos juntos / por la piel de un durazno / y ya?”
Alejandro Aura, “Agua”

(Ahí se los dejo: lo ocurrido en Morelia, además de un gesto solidario de pesadumbre para con quienes sufrieron alguna pérdida irreparable, requiere una actitud generalizada de contribuir –en la medida de nuestras posibilidades– mano con mano, hombro con hombro, corazón con corazón, para la reconstrucción de este país que, pedazo a pedazo, amenaza seriamente con venirse abajo.)
Imagen: reportajesmeteocehegin.blogspot.com

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