lunes, 8 de septiembre de 2008

Distracciones


El hombre del camión iba distraído. La mujer que iba a su lado, de vez en vez, lo veía de reojo: sus ojos se movían veloces. A esa hora de la mañana, mediando las once, los minibuses van, en su mayoría, vacíos: conté ocho pasajeros. La hora difícil para abordarlos, por lo común, iba de las ocho a las nueve. Después de eso, la modorra de los chóferes rueda inmisericorde por las calles, desperdigando su laxitud contagiosa.
El hombre, que miraba por el cristal hacia las aceras que el camión iba recorriendo en paralelo, parecía no haber dormido la noche anterior: los párpados le pesaban, sus movimientos parecían sacados de una escena en cámara lenta; todo él era un bulto que giraba el cuello con una pesadez tirante. Me recordó la eterna estadía de las vacas al pastar en los horizontes: en un primer plano esa llana quietud y al final, del otro lado del cristal, el barniz de una tarde parda.
Al hombre ese ensimismamiento no le daba para más: a lo mucho, le alcanzaba para mirar continuamente su reloj, tras de lo cual su rostro parecía una mancha limpia: no había línea alguna que diera entender si llevaba prisa, si tenía margen de espera o si no le importaba en lo más mínimo la hora. En efecto, podría decirse que se trataba de un acto reflejo.
A punto de arrancar de cada parada, la mujer que iba a su lado lo recorría casi con impudicia: más de una vez la descubrí con la vista fija en el hombre: por momentos creí, al principio, que trataba de reconocerlo de algún lado, pero, después, era evidente que había algo en él que la sorprendía.
El hombre, para sorpresa de ella, le regresó una mirada que, por volver a su estado vegetal, se podría interpretar como de una radical indiferencia. La mujer, sorprendida en un primer momento y dolida, después, torció la boca y pronunció algunas palabras. Un segundo después el hombre, de nuevo, se había puesto su máscara cortante, pétrea.
La situación, vista así, daba lugar a múltiples conjeturas que, sin otro pasatiempo a la mano, formulé considerando un sinfín de variables que, por otro lado, opté por desechar casi al instante de concebirlas por no armar un laberinto del que después, olvidadizo como soy, no sabría cómo salir: el hombre cargaba una inescrutable tristeza, la mujer, que de sobra está señalar que desconocía todo de la vida del tipo, pretendía entablar una conversación de lo más casual a la más mínima muestra de acercamiento; el hombre no había podido dormir durante toda la noche por preocupaciones económicas, lamentables y desquiciantes, la mujer, conocedora de esa flaqueza, le hablaría en un intento de consuelo que, por otro lado, estaba imposibilitada para dar; el hombre iba a su casa a descansar tras una fatídica noche de juerga que acabó en trifulca y de la que todos los involucrados, menos él, habían sido remitidos al ministerio público más cercano, la mujer, de oficio abogada, en alguna ocasión lo había defendido para salir de un apuro, y ahora pretendía cobrarle aquellos servicios que, ella lo detestaba, no llamaba nunca honorarios, sino servicios profesionales de confianza; el hombre, amnésico, había olvidado que la conocía desde la infancia, y la mujer quería refrescarle sus recuerdos y preguntarle sobre su madre….
Más adelante, el hombre se puso en pie y timbró para solicitar la parada; bajó. La mujer lo miró a través de la ventanilla: su rostro, antes inquisitivo y ahora triste, se apagó de ahí en adelante hasta que descendió; enseguida la perdí de vista.

“Las lunas que sumaban los que miran / las estrellas hace tiempo, se dejaron de contar. / Después vino el olvido y en su seno / tu nombre aéreo y terreno se dejó de pronunciar”
Fernando Delgadillo, “Primera estrella de la tarde” en el disco homónimo

(Ahí se los dejo: en Sinaloa actualmente se estudia la posibilidad de legislar sobre bajar el dobladillo a las faldas escolares, como una forma para evitar agresiones de género; la brillante recomendación la hizo el Consejo Nacional para la Evaluación de la Educación Media Superior. México, ya lo han dicho algunos, es un país del todo surrealista.)

Imagen: www.elboomeram.com

1 comentario:

Chica azul dijo...

¡Qué gusto ver que la constancia se va haciendo un hábito por aquí! Y brindo (para estar a tono con el fin de semana, jeje!) por el gusto de leerte.