
El llanto, a veces lo olvidamos, nos ha acompañado desde siempre. “Todos nacemos llorando” es una frase a la que muchos recurren y que, sin embargo, no hemos reflexionado lo suficiente. Antonio Aguilar (+), interpretando una canción del poeta de Guanajuato, José Alfredo Jiménez, va más allá y dice que la vida, así como empieza, “así, llorando se acaba”: hay aquí una lección que a estas alturas no hemos aquilatado todavía. Y no aludo, precisamente, a un carácter trágico.
Llorar, como si escapar de un cerco se tratara, las más de las veces alivia, reencauza las emociones y proporciona una especie de estado de sitio a quien echa mano de las lágrimas en un momento determinado: no es lo mismo llorar, dolerse, y quedarse allí atrapado; hay que, como dice Girondo, “salvarnos, a nado, de nuestro propio llanto”. Es decir, hay que salvarnos de nosotros mismos.
El llanto, como se sabe, no goza de un buen prestigio: ha habido momentos en que ha llegado a considerársele no un estado propio del ser humano en circunstancias particulares (adversas o favorables: el mexicano llora porque está alegre, porque está triste, porque no encuentra otra manera de dar salida a todo ese volcán que carga en sus adentros), sino en una etiqueta que evidenciaba más una denostación que una virtud heroica.
Llorar ha estado ligado a nosotros, como ya se dijo, desde los primeros tiempos: visto de este modo, llorar puede entrar en la categoría de los gestos imprescindibles, de las artimañas mejor desarrolladas, de las habilidades que requieren escasa preparación y que proporciona un sinnúmero de gratificaciones cuando se ejerce con maestría, desenfado y profundidad.
“Llorar a lágrima viva. / Llorar a chorros. / Llorar la digestión. / Llorar el sueño… / Llorarlo todo, pero llorarlo bien… / Llorar improvisando, de memoria. / ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!”.
Oliverio Girondo, “Llorar a lágrima viva”
(El cine mexicano, sobre todo el de la época de oro, y las telenovelas nacionales, constituyen álbumes, provistos de miles de paginas, de cómo se puede llorar en situaciones incluso descabelladas: el llanto suele ser una salida (¿fácil?, ¿balsámica?) al momento de plantear la resolución de un conflicto.)
Imagen: http://www.zonalibre.org/
Llorar, como si escapar de un cerco se tratara, las más de las veces alivia, reencauza las emociones y proporciona una especie de estado de sitio a quien echa mano de las lágrimas en un momento determinado: no es lo mismo llorar, dolerse, y quedarse allí atrapado; hay que, como dice Girondo, “salvarnos, a nado, de nuestro propio llanto”. Es decir, hay que salvarnos de nosotros mismos.
El llanto, como se sabe, no goza de un buen prestigio: ha habido momentos en que ha llegado a considerársele no un estado propio del ser humano en circunstancias particulares (adversas o favorables: el mexicano llora porque está alegre, porque está triste, porque no encuentra otra manera de dar salida a todo ese volcán que carga en sus adentros), sino en una etiqueta que evidenciaba más una denostación que una virtud heroica.
Llorar ha estado ligado a nosotros, como ya se dijo, desde los primeros tiempos: visto de este modo, llorar puede entrar en la categoría de los gestos imprescindibles, de las artimañas mejor desarrolladas, de las habilidades que requieren escasa preparación y que proporciona un sinnúmero de gratificaciones cuando se ejerce con maestría, desenfado y profundidad.
“Llorar a lágrima viva. / Llorar a chorros. / Llorar la digestión. / Llorar el sueño… / Llorarlo todo, pero llorarlo bien… / Llorar improvisando, de memoria. / ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!”.
Oliverio Girondo, “Llorar a lágrima viva”
(El cine mexicano, sobre todo el de la época de oro, y las telenovelas nacionales, constituyen álbumes, provistos de miles de paginas, de cómo se puede llorar en situaciones incluso descabelladas: el llanto suele ser una salida (¿fácil?, ¿balsámica?) al momento de plantear la resolución de un conflicto.)
Imagen: http://www.zonalibre.org/
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