
Las seis de la tarde. En el balcón. Un cielo deslucido, como trabajado a mano. A lo lejos se enroscaban nubes, parecían pelear entre ellas. Esto de mirar el cielo resulta una distracción alucinante: porque a veces se le percibe cercano y brotan risas, y en otras tantas ocasiones su alejamiento es tal que sobreviene la tristeza. No conozco a nadie en su sano juicio, sin embargo, que pondría su estabilidad emocional en manos tales. Y es que el cielo tiene la cualidad de aparecer enrojecido, ennegrecido, azuloso, pétreo, impenetrable, plácido, sonriente, grisáceo, difuminado, luminoso, desierto, o deslucido.
Las seis de la tarde pasadas. Abajo, aceras y calles desoladas, simulando arenales inmensos. Las sombras de algunos transeúntes, que no levantan la cabeza a su paso, se difuminan con rapidez. Llevan prisa, se pierden en esquinas y recodos. Hay quien cruzó la calle sin mirar a los extremos, y quien, como si esa consigna le fuera adjudicada, no bajó jamás de la banqueta. La dirección de cada uno no se entrecruzó con la de otro: cada cual como si fueran movidos por una mano ajena, invisible, desde las alturas. Los transeúntes a veces caminan cómicamente.
Las seis y casi treinta minutos. De puntos que fue imposible ubicar llegaban voces que anunciaban clases de catecismo para niños –“este año iniciamos con catequesis para adultos” –, elotes tiernos a 15 pesos la docena, medicinas naturales con efectos fantásticos y llevados allí “como una oferta, como una promoción”, “aguaaaa” embotellada. A ratos sólo silencio: una hondura de ésas que conducen casi irremediablemente a la reflexión, a la postergación de las obligaciones –visto como deleite, y a la alegre reanudación de una vieja lectura interrumpida.
Las seis a punto de llegar a puerto. No queda ya nada que respirarle a la tarde. Su resplandor hace rato que ha ido diluyéndose. Un rumor llegado de pronto reza que se halla agazapado en algún rincón, más allá de lo que aparece como horizonte. Lo que es seguro es que se marchó con sus cosas a otra parte. Y entonces un telón abruptamente oscuro, delicado, casi húmedo se deja caer desde lo alto. La distancia, antes blanda, se ha vuelto impenetrable. No hay para dónde mirar. La oscuridad es de suyo pesada, embarga.
“Tú le preguntas: ¿por qué tienes / esos ojos redondos? / Y él responde, / ciego, para mirarte / mejor, llorando. / Y en seguida // tú vuelves: las orejas, / ¿por qué tan grandes? / Y él, / para escucharte, oh música / del mundo, sólo / para escucharte. / Y luego // lo demás es la sombra-indescifrable”
Eliseo Diego, “La niña en el bosque”
Imagen: http://www.artezamora.com.ar/
Las seis de la tarde pasadas. Abajo, aceras y calles desoladas, simulando arenales inmensos. Las sombras de algunos transeúntes, que no levantan la cabeza a su paso, se difuminan con rapidez. Llevan prisa, se pierden en esquinas y recodos. Hay quien cruzó la calle sin mirar a los extremos, y quien, como si esa consigna le fuera adjudicada, no bajó jamás de la banqueta. La dirección de cada uno no se entrecruzó con la de otro: cada cual como si fueran movidos por una mano ajena, invisible, desde las alturas. Los transeúntes a veces caminan cómicamente.
Las seis y casi treinta minutos. De puntos que fue imposible ubicar llegaban voces que anunciaban clases de catecismo para niños –“este año iniciamos con catequesis para adultos” –, elotes tiernos a 15 pesos la docena, medicinas naturales con efectos fantásticos y llevados allí “como una oferta, como una promoción”, “aguaaaa” embotellada. A ratos sólo silencio: una hondura de ésas que conducen casi irremediablemente a la reflexión, a la postergación de las obligaciones –visto como deleite, y a la alegre reanudación de una vieja lectura interrumpida.
Las seis a punto de llegar a puerto. No queda ya nada que respirarle a la tarde. Su resplandor hace rato que ha ido diluyéndose. Un rumor llegado de pronto reza que se halla agazapado en algún rincón, más allá de lo que aparece como horizonte. Lo que es seguro es que se marchó con sus cosas a otra parte. Y entonces un telón abruptamente oscuro, delicado, casi húmedo se deja caer desde lo alto. La distancia, antes blanda, se ha vuelto impenetrable. No hay para dónde mirar. La oscuridad es de suyo pesada, embarga.
“Tú le preguntas: ¿por qué tienes / esos ojos redondos? / Y él responde, / ciego, para mirarte / mejor, llorando. / Y en seguida // tú vuelves: las orejas, / ¿por qué tan grandes? / Y él, / para escucharte, oh música / del mundo, sólo / para escucharte. / Y luego // lo demás es la sombra-indescifrable”
Eliseo Diego, “La niña en el bosque”
Imagen: http://www.artezamora.com.ar/
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