martes, 26 de enero de 2010

Dejados para después


Comenzar la lectura de un libro resulta cosa sencilla: basta con que el título atraiga, que esté escrito por un autor predilecto, por sana curiosidad o que constituya parte de la formación académica o profesional, entre otros motivos; pero ese inicio de aventura no depara precisamente que se revise hasta la última página del texto. Es decir, el libro comenzado no todas las veces es leído en su totalidad. Hace algunos años no me era posible interrumpir alguna lectura, iba hasta la última página así fuera necesario atragantarme de párrafos infames o invertir un tiempo que en un principio estaba destinado a otros quehaceres. Hoy, por fortuna, ya no es así.
El escritor colombiano Santiago Gamboa enumera (en la edición del suplemento “Babelia” del sábado pasado) algunos motivos por los que ha visto interrumpida la lectura de una obra; a saber: porque le robaron el libro, o porque considera ya haberlo acabado aun cuando hacían falta cien páginas; también debido a que por su densidad “se resisten a ser leídos”, o porque son sencillamente malos, entre otras razones; además cita a un colega que se quedó dormido en un balcón y el libro cayó a un primer piso sobre una estufa: no terminó de leerlo porque acabó hecho cenizas.
Más de una vez he pospuesto, por ejemplo, A sangre fría de Truman Capote, aunque ahora que lo pienso quizá me pasa lo que Gamboa dice: que siento haberlo terminado no obstante las pocas páginas que me hacen falta. Dos veces he dejado a un lado La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes: la primera recién salido de la preparatoria y la segunda algunos años después. Otra obra no terminada es Tantadel de René Avilés Fabila, que acometí casi hasta la mitad y no pude seguir. Así me pasa a menudo, que no puedo seguir: aquí subrayo Muerte en Venecia de Mann (que acabé en tres tirones), El siglo de las luces de Carpentier (entre siete u ocho empujones) y Dos horas de sol de José Agustín (que, de plano, no he retomado).
Esto de los libros comenzados y no terminados se convierte, pasados algunos días, en asignaturas que no presentan fecha de caducidad: ahí están, cerca, rondando. Y es que dejar un libro inacabado no supone que allí concluya la intención: esa lectura puede ser retomada en el momento menos pensado, o por el contrario, en el instante más meticulosamente ideado. El entendimiento de esta cuestión pasa por tener presente que leer un libro no se ciñe únicamente a abrir el texto y pasar los ojos por sus renglones: esa acción mecánica tendría que devenir reflexión, aventura, mudez solapada, convulsiones internas, fantasía, agotamiento agradable, placer llano, vida pura pues.

“(….) He visto al pez de indestructible púrpura, / en la mañana arde como criatura perpetua de la llama, / olvida los trabajos mugrientos de su sangre, / yace perfecto y la madera sagrada lo levanta. // Pero quién vio jamás / el ruedo misterioso de tu falda / mientras cortas las rosas en la tarde / ni el roce y la tristeza de la lluvia / como un ajeno llanto por mi cara. // Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.”
Eliseo Diego, “Nostalgia de por la tarde”

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