lunes, 25 de enero de 2010

¿Saber cosas ayuda?


Guardar cosas. Guardar datos. Guardar declaraciones. Saber cosas. Leer para saber. Oír para saber. ¿Saber ayuda? Conocer tal o cual situación a veces es motivo de ventaja, o de desventaja según se le vea o el fin que se persiga. Me refiero a esa acumulación de saberes de los que, sin embargo, llega un crucial momento en qué se desconoce para qué sirven. Hay quien dice que la mayoría de las cosas que sabe no le han servido para nada en la vida. Que, de un modo práctico, no hay por dónde volverlas una herramienta útil o un objeto capaz de incrustarse en la solución de algún atolladero.
Saber, por ejemplo, que en las tres carabelas –la Niña, la Pinta y la Santa María– encabezadas por el almirante Colón vinieron a América un total de 104 personas no ayuda, por decir algo, a entender a cabalidad el sentido de invasión histórico que todavía guardan algunos. En lo profundo, el saber algo está supeditado a la circunstancia y necesidades particulares: al habitante de la Patagonia no le sirve, por ejemplo, que la Zona Metropolitana de Guadalajara esté conformada ahora por cinco y no cuatro municipios como hasta hace poco. Una cuestión administrativa que, de pensarse un poco, no le atañe a nadie más que a los habitantes de esta h. metrópoli. Y no es una cuestión de forma, sino de fondo.
Llega a tenerse, incluso, la certeza de que el conocimiento no redunda en una mejoría de la vida. La crisis del saber sobreviene, sobre todo, cuando en algún punto coyuntural no sé sabe qué hacer y entonces se lanzan por la borda los fardos de los saberes acumulados que resultan inservibles en ese preciso momento. Nada más desalentador. Cuando eso acontece se volatiliza la memoria y desaparecen todos esos lastres que se impregnan, como garrapatas, a las paredes del cerebro. Sí, hay algo de titánico y de ilusorio en la tarea.
Estoy convencido de que no conozco mucho. Más bien conozco poco. Muy poco. Sé poquísimas cosas de las muchas que existen y las que transforman los días. Conozco algo de unos escasos libros que he leído y las calles sobre las que voy y vuelvo como ruta cotidiana. Conozco los pormenores de unos cuantos asuntos y la manera de pensar de dos o tres personas. Conozco los nombres de mis seres cercanos y algunas de sus preferencias o aficiones. Y todo eso, estoy convencido, es más bien poco, o casi nada, “que no es lo mismo pero es igual”.

“Un poema no es más / que una conversación en la penumbra / del horno viejo, cuando ya / todos se han ido, y cruje / afuera el hondo bosque; un poema // no es más que unas palabras / que uno ha querido, y cambian / de sitio con el tiempo, y ya / no más que una mancha, / una esperanza indecible; // un poema no es más / que la felicidad, que una conversación / en la penumbra, que todo / cuanto se ha ido, y ya / es silencio.”
Eliseo Diego, “No es más”

Imagen: saberesparaelbuenvivir.files.wordpress.com

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