
El año pasado -me gusta más que año viejo-, por serlo, se convierte en un cachivache al que se le busca acomodo en algún rincón impenetrable. Se vuelve el enemigo público número uno. Rápidamente se convierte en un objeto en desuso, mal visto y de peor gusto. Se recurrirá a él, única y exclusivamente, en extremo necesario o por si a alguien se le ocurre la brillante idea de recordar alguno de sus 365 días en particular. La complejidad que reviste su comprensión, sin embargo, es de una voluntad titánica: no hay mayor tarea que emprender la recapitulación de todo un año, del que se prodrán extraer toda clase de conjeturas, conclusiones, pendientes e ideas, algunas bien vistas, incluso balsámicas, y otras de un cariz circense.
Pasar de un año a otro no supone que aparecerá una alteración física perceptible a primera vista o un tumulto que ponga la calle de cabeza que la vuelva del todo irreconocible. La cosa es como experimentar un leve mareo -por inicuo- o apretar con calidez la mano de alguien cercano, y no pasa de eso. El cambio del 9 al 0 en la casilla de la última cifra del tiempo, o encontrarse, de pronto, con un whisky en la mano en los primeros segundos del 1 de enero constituye la apoteosis del momento, que se empeñan en evidenciar con el lanzamiento de fuegos artificiales, soltar algunas balas al aire e incluso organizar un baile callejero en la acera o a mitad de la calle, encender fogatas con toda clase de objetos para paliar un frío tan atroz que guarecerse bajo las cobijas constituya una afrenta, un acto temerario: conlleva la pena de ser tildado de antisocial o de antiprogresista, lo que sea que signifique eso. Y es que a últimas fechas lo progre cuelga de toda etiqueta y le acomoda a todo gesto.
Esto de pasar de un año a otro se presta a veces a bromas mal concebidas -y no hablemos de si son entendidas o no- o multitud de chistes infumables. La cuestión es tan benigna que da para un sinnúmero de manifestaciones y para el nacimiento de cómicos por todas partes. En las calles, por ejemplo, no falta aquel parroquiano que vocifera con orgullo "estoy tomando desde el otro año y sigo sobrio" (cuando tan sólo han transcurrido algunos minutos de que ha iniciado el nuevo); o el que grita con fingida sorpresa "no te había visto desde el otro año" (en iguales circunstancias al anterior); "te quiero más que el otro año", "desde el otro año que no vas a mi casa", "el año pasado vi esa película y continúa en cartelera", "lo que sobró del pavo de la Navidad pasada no se ha echado a perder", entre tantas otras frases (casi como Tres tristes tigres), cuya celebridad, o en su caso mediocridad, está dictada por el tono de comicidad que lleve o la familiaridad que guarde el "chistoso" con los interlocutores que ríen, casi obligados, los disparates que elucubra en medio de la reunión última del año. Nada más fantástico, o lamentable, como se le quiera ver.
El año que corre, de algún modo, desplaza poco a poco al año pasado. Y el asunto no tiene que ver con la mediatez tanto como con las intenciones que se tengan respecto al año pasado y al que corre. Cada quien su ruleta, dicen. Tampoco se trata, y como fácilmente podría pensarse, de vivir pensando en el ayer -que, si se mira bien y de forma práctica, resulta del todo complicado. Sin querer dictar doctrina o filosofar sobre el instante, hay más cosas a las cuales echar mano del año pasado que lo que éste va presentando en el horizonte. Por donde se le vea, es amateur en esas lides. Pasar de un año a otro, por todo ello, no tendría que resultar tan complicado y aparatoso como hoy se empeñan en hacerlo aparecer. Cada quien su ruleta, bien dicen.
"La multitud de ti, la fuga de tus horas, / amo tus mil imágenes en vuelo / como un bando de pájaros salvajes. / No sólo tu domingo breve de delicias / sino también un viernes trágico, quién sabe, / y un sábado de triunfos y de glorias / que no veré yo nunca, pero alabo. / Niña y muchachas y joven ya mujer, tú todas, / colman mi corazón, y en paz las amo"
Eliseo Diego, "Canción para todas las que eres"
Imagen: ciudadzaragozanet.com
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