
Al radio reloj despertador, desde la primera vez que lo puse a la hora, lo fijé con un adelanto de quince minutos. Demasiado tiempo cuando se trata de levantarse temprano. Poco si, en una de ésas, uno se queda dormido “sólo cinco minutos más”. En ese intervalo que va desde que suena el aparato (estación de noticias a esa hora infame de la madrugada) hasta el levanto se abre un abismo entre cuyos límites acontecen un sinnúmero de cosas: otro sueñito, mirar con inusitada insistencia el techo de la habitación en busca de perdidas figuras, pensar y repensar los pendientes del día que comienza, una lectura rápida al libro de cabecera, entre otros menesteres que se busca sean despabilantes.
Al estirar el brazo para apagar aquella voz intromisoria no se tiene cabal conciencia de lo que se hace: sucede que, acto seguido, uno puede retornar a la duermevela interrumpida o de plano acaba levantándose con una dosis de enfado corriendo rauda por la sangre. De ser lo segundo (levantarse a tiempo), los pasos tambaleantes van en dirección al baño, previo encendido de la cafetera en un recodo de la cocina. Y de esto modo, con la certeza voluntariosa de que el mundo no puede esperar, hay que largar la modorra y salir a la mañana, a extraviarse en sus múltiples senderos que, no obstante, lleva mano en la partida.
De volver a acurrucarse, en contraparte, adelantar el reloj entonces no resulta al fin más que un engaño. Un engaño menor, efímero si se quiere. Mas a todo ello subyace la alocada pretensión de “ganarle tiempo al tiempo”: como si tal cosa pudiera suceder. Más aún, como si ello estuviera en nuestras limitadas manos. En esa acción de adelantar, sin embargo, hay una pretensión de cumplir consigo mismo y con terceros respecto a un horario fijado de antemano: el mundo está regido por acuerdos, tácitos o vehementes, cuyo mar expansivo es dirigido desde un mecanismo de manecillas y segunderos. Sí, se trata de un algo inconmensurable, e inexplicable al mismo tiempo.
La cuestión de fondo es que nunca me funciona (lo del adelanto de la hora). Me explico: a sabiendas de que el reloj suena (o timbra o se enciende o deja escurrir una voz diáfana) “mucho” antes de la hora que tengo de límite para el levanto, luego entonces me sumerjo de nuevo en la enervante quietud y calidez del cobertor en turno. Hay allí una nube agazapada, a la que desenvuelvo a manotazos y rehago con un cuidado digno de escultor de miniaturas. Y al fin acabo por pararme cuando ya el límite del tiempo se anuncia como una condena inevitable. Procuro no llegar con demora a ningún sitio, pero la mañana de algún modo siempre me parece recortada, a propósito recortada, siempre recortada.
“Todo es al fin no más un cuento mágico. / Quién sabe cómo, todo cuento acaba. / Yo di su vida a los muñecos tuyos / como un brujo hechizado. / Me embrujaste / con sólo ser tan niña a vida pura. / Como a través de un vidrio estoy mirándote. / Turbio vidrio mi asombro de saberte / tal cual eres, mi niña desdichada. / Me hechizaste, y en cambio te hice daño. / Mas yo sólo te amé porque tú eras”
Eliseo Diego, “Cuadernillo de bella –5–”
Al estirar el brazo para apagar aquella voz intromisoria no se tiene cabal conciencia de lo que se hace: sucede que, acto seguido, uno puede retornar a la duermevela interrumpida o de plano acaba levantándose con una dosis de enfado corriendo rauda por la sangre. De ser lo segundo (levantarse a tiempo), los pasos tambaleantes van en dirección al baño, previo encendido de la cafetera en un recodo de la cocina. Y de esto modo, con la certeza voluntariosa de que el mundo no puede esperar, hay que largar la modorra y salir a la mañana, a extraviarse en sus múltiples senderos que, no obstante, lleva mano en la partida.
De volver a acurrucarse, en contraparte, adelantar el reloj entonces no resulta al fin más que un engaño. Un engaño menor, efímero si se quiere. Mas a todo ello subyace la alocada pretensión de “ganarle tiempo al tiempo”: como si tal cosa pudiera suceder. Más aún, como si ello estuviera en nuestras limitadas manos. En esa acción de adelantar, sin embargo, hay una pretensión de cumplir consigo mismo y con terceros respecto a un horario fijado de antemano: el mundo está regido por acuerdos, tácitos o vehementes, cuyo mar expansivo es dirigido desde un mecanismo de manecillas y segunderos. Sí, se trata de un algo inconmensurable, e inexplicable al mismo tiempo.
La cuestión de fondo es que nunca me funciona (lo del adelanto de la hora). Me explico: a sabiendas de que el reloj suena (o timbra o se enciende o deja escurrir una voz diáfana) “mucho” antes de la hora que tengo de límite para el levanto, luego entonces me sumerjo de nuevo en la enervante quietud y calidez del cobertor en turno. Hay allí una nube agazapada, a la que desenvuelvo a manotazos y rehago con un cuidado digno de escultor de miniaturas. Y al fin acabo por pararme cuando ya el límite del tiempo se anuncia como una condena inevitable. Procuro no llegar con demora a ningún sitio, pero la mañana de algún modo siempre me parece recortada, a propósito recortada, siempre recortada.
“Todo es al fin no más un cuento mágico. / Quién sabe cómo, todo cuento acaba. / Yo di su vida a los muñecos tuyos / como un brujo hechizado. / Me embrujaste / con sólo ser tan niña a vida pura. / Como a través de un vidrio estoy mirándote. / Turbio vidrio mi asombro de saberte / tal cual eres, mi niña desdichada. / Me hechizaste, y en cambio te hice daño. / Mas yo sólo te amé porque tú eras”
Eliseo Diego, “Cuadernillo de bella –5–”
Imagen: dharmackara.spaces.live.com
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