
"Nada sucede nunca después". En el después pasa como con el etcétera: cabe todo y, sin embargo, no es posible guardar nada. Dejar para después es correr riesgos innecesarios: la imposibilidad extiende su reino en el después, allí todo anda de un lado a otro, tambaleante, sin un rumbo fijo, presumiendo un corolario atemporal. El después es, si se piensa con cierta rigurosidad, más allá de esto, de esto que llamamos el tiempo presente, "esta inmensidad" de la que habla Filio. Y mientras transcurre este instante se abriga la esperanza de llegar al después: allí donde lo que se proyecta pueda verse concretado. Así, nada más, pueda verse, quizás se vea. No hay modo alguno de vislumbrar el después, es neblinoso, intangible, invisible casi.
"Todo se arreglará después". Es como tirar los dados y esperar que resulte el número pensado, incluso el número al que se apostó. En ello hay una certeza que en el fondo no lo es: todo se arreglará después alude, por citar un ejemplo de muchos, a un cruce carretero en el que todas las direcciones que se abren conducen al lugar que se busca llegar. Trampa pura. Todo se arreglará después entonces, mera resignación, huele a un sentimiento demasiado impetuoso, ése que, contra viento marea y corriente, acabará por desplegarse y tocar tal vez lo que anhela. Todo se arreglará después es más una visión desconocida que una imagen casi tocable, casi capturada, casi dada a luz, casi familiar.
No existe, como el hubiera, el después. El después no anda por aquí, es, a lo mucho, una simple conjetura, un volado que todavía no es lanzado al aire, es más, que ni siquiera ha sido pactado. El después y el hubiera son parientes. Se les emparenta por su calidad de entes visionarios, por su ligazón desanudable. Después no es mañana, ni dejar para mañana lo que hoy no puede hacerse, no; después es más allá de mañana, más allá de todos los días, más allá del horizonte incluso. Quizá el después no guarda, como nosotros, una cualidad terrenal, en el sentido de que sus planos de realización no están visibles al final de la mano, en la punta de los dedos, ahí nomás en el aire que se toca. Es sólo eso, nada más eso: después.
El después el despositario del agobio de hoy, de la alegría de hoy: una especie de Caja de Pandora a la que todos recurrimos a veces sin pensarlo demasiado y otras de forma totalmente inconsciente. Si en un impensable día decidimos abrir esa caja nos percatamos de que su contenido no dista mucho de lo que somos y tenemos: un cúmulo de aconteceres saboreados y otros postergados, de realidades buscadas que no acaban por alcanzarnos, de afinidades que más o menos nos definen, de tareas tantas veces comenzadas, algunas concluidas y otras tantas inacabadas; de pensamientos cuyo paso fue tan fugaz que no alcanzaron a calar su hueco en la memoria, de días por desear ver, por volver a ver. Al después le es inherente una condena inalterable: en un momento dado vuelve la mirada en busca del antes: el hoy, el momento que corre.
("Nada sucede nunca después", "Todo se arreglará después", frases escuchadas en la película mexicana El anzuelo -1996-, de Ernesto Rimoch)
"Este silencio, / blanco, ilimitado, / este silencio / del mar tranquilo, inmóvil, / que de pronto / rompen los leves caracoles / por un impulso de la brisa. / Se extiende acaso / de la mañana a la noche, se remansa / tal vez por la arenilla/ de fuego, / la infinita / playa desierta, / de manera / que no acaba, / quizás, / este silencio, / nunca?"
Eliseo Diego, "Calma"
Imagen: carapahn.blogspot.com
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