viernes, 8 de enero de 2010

Nadie pasa de este cáliz


“Pasaba frente a la puerta de vidrios. Iba y venía por el corredor: a la espalda las manos anudadas, cabizbajo, hablando entre dientes. Pasaba frente a los vidrios de la puerta.
Era una tarde cargada de vientos que rugían azotando las ramas del pirul.
Yo estaba en cama, a oscuras. Veía retorcerse en la luz parda de afuera la furia gigantesca del árbol allá en el fondo, y la silueta que desaparecía y aparecía untándose a los vidrios como durísima sombra.
(….) Él era un hombre colosal que oscurecía cuanto tocaba…. Y su voz era una losa justo arriba de la cabeza de todos los hombres.
(….) Monstruos de cola larga y lisa habitaban debajo de su cama. Sus arbitrarias e inmensas manos hubieran podido partirme fácilmente el cráneo…. Él andaba en el corredor. Yo naufragaba en el mar.
(….) –Mayo 28 de 1962– A veces, más que pena, parece que busco cuanto pueda demostrarme, más tarde, que no quise su muerte, que no la esperé; cuanto pueda asegurarme que la neurosis no me asaltará por ese lado.
(….)–Mayo 28 de 1962– ¿Quién es? ¿Cómo ha vivido? ¿Cuáles han sido sus virtudes y cuáles sus pecados? ¿Por qué ha tenido que sufrir tanto y por qué ahora sus hijos varones no se duelen de verlo hundirse día a día hacia la muerte? No conozco nada suyo, nunca pude preguntarle nada que de verdad me interesara, nunca pude verlo de frente, nunca le vi los ojos cuando me estaban mirando. Ahora llego a su pieza y me le siento delante; una vez le hablé de Jesucristo; se alivió ligeramente; las demás veces me siento y no digo palabra y él tampoco.
(….) –Junio 15 de 1962– Murió. Yo estaba lejos. Algún día podré ver el momento de su muerte y llorar y vivir la alegría de ver morir santísimo a mi padre, como murió realmente.
(….) –Julio 8 de 1962– ¿Cómo es posible que mi padre, Ricardo Garibay, inmortal, que tuvo los ojos que tuvo, el preciso bigote, los cortos cabellos levantados sobre la frente, el que ya no vivía la vida que vivía con tanto amor, el que remó y remó en el dolor inmóvil de su cama –su rostro, su rostro tan amado hecho de líneas que eran como las aristas del dolor–, cómo es posible, digo, si tanto vive en mí, si tanto me esfuerzo porque no viva tan nítidamente en mí, que esté muerto, que ya no esté, que sólo esté, bajo el desierto de nubes de esta mañana, su tumba, su tumba?
(….) –Julio 21 de 1962– Parece ser que la tristeza ha venido acomodándose, haciéndose aquí una casa a la medida. Parece ser que ha venido escombrando este cuerpo y este espíritu hasta dejarlos desnudos de lo que no sea ella, para ocuparlos con anegación.”
Hay algo de deslumbrante, de atrayente, de doloroso, de emotivo, de confesión, de consigna, de hondura, de contagio en la escritura de Garibay. Si una primera respuesta puede deducirse de todo ese cúmulo de párrafos y renglones es que sus adentros semejan rocas batidas todo el tiempo por un fuerte oleaje. Sin embargo, en la cúspide, ahí donde sobrevuela la gaviota, con una actitud vigilante, Beber un cáliz, como bien ya lo escribió José Emilio Pacheco, “nos obliga a enfrentarnos a una experiencia terrible que ya ocurrió o nos va a suceder”: la vida tiene su encontronazo con la muerte (con cualquier muerte) y allí a ver quién sale bien librado.

“Quién sabe cómo fue ni cuándo y dónde / me dijiste que sí, que me entregabas / el huerto de ti misma, paraíso / de magias y delicias y qué glorias. / Y yo ciego de mí te acepto a ciegas / del esplendor terrible de tu llama / tan frágil y menuda entre mis brazos. / Pues tú eres tú y eras la vida y todo / cuanto va desde el júbilo a lo trágico, / desde el alba a las fiestas de la tarde”
Eliseo Diego, “Cuadernillo de bella –4–”

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