viernes, 15 de enero de 2010

Huellas


a don Celes


El abuelo murió cuando comenzaba a convertir cada conversación con mi abuela en un altercado memorable. Y no se trataba de alzar la voz –no era necesario– o de importunar con algún comentario quijotesco o fuera de lugar, sino de encontrarle un punto de ebullición a lo que cada uno de ellos afirmaba sustentado en la experiencia o en algo que ambos habían contemplado o vivido con anterioridad. “Acuérdate, Celestino, te dijeron clarito que no había modo de que te devolvieran el dinero por ese boleto. Yo escuché a la muchacha cuando te lo dijo”. A esas alturas de la plática el abuelo, como una reacción mecánica o estudiada con pulcritud, descalificaba todo aquello que lo contradijese, como poniéndole inocentes trampas a la abuela.
El abuelo no fue el mismo siempre. La sabiduría acumulada –o el habla popular, como cada quien quiera llamarle– dice que la gente no es la misma pasados los años. Que nadie, incluso, puede aspirar a tamaña desproporción. En el carrusel de los días algunos olvidan bajarse y allí se vuelven viejos, y otros tantos se lanzan, incluso de bruces, para salir de ese círculo en que a veces se convierte la existencia. En el último tramo el abuelo no era ni la sombra de lo que había sido años antes: se había convertido en una persona más proclive a olvidar, a extraviar en algún sitio todo, incluso aquello que comportaba alguna importancia.
El abuelo poco a poco fue distanciándose del mundo en el que se encontraba. Pensaba que él nada tenía que ver con todo esto. Bajo aquel sol verde de asbesto con la mirada fija en la lectura, la cotidianidad –inmemorial en mi cabeza– adquiría un matiz de impresionismo: en esas minúsculas distracciones residía el inicio y fin de la vida, el centro y límites de todo lo que creía y ambicionaba. Acompañarlo en aquel espacio traía, invariablemente, un aluvión de sensaciones, una de las cuales, llegada la noche, reportaba un ensanchamiento del corazón: éramos pocos los que nos sentábamos a mirarlo leer, a conversar un poco, a acercarle el botellón y el vaso para que bebiera un poco de agua, a aprender siempre.
Por la semejanza de algunos actos –un tanto “irracionales” o “desmedidos”– que llevan a cabo los ancianos se les emparenta con los que hacen los niños en su primera edad: “los viejos son como los niños, vuelven a ser niños” dice más de alguno. El abuelo, sin embargo, no retrocedió ni un milímetro, no emprendió jamás ese “viaje a la semilla”. Si algo puedo recordar con una delicada nitidez es que él, no obstante el decaimiento físico y la mengua paulatina de sus facultades motoras e intelectuales, no rebuscó en lo que había detrás, no volvió la vista en ningún momento: el día de su muerte había un inoportuno cielo gris, en uno de cuyos huecos asomaba una estrella, diminuta pero tenaz.

“Un pájaro en lo alto, / en lo más fino / del árbol alto, / un tomeguín / nervioso, breve, tan liviano / como un soplo de luz, / está cantando / su propia levedad, / la maravilla / de su increíble ser / su pura vida / minúscula, perfecta, iluminada”
Eliseo Diego, “En lo alto”

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