
Hace tiempo, tras la declaración de Esteban Arce respecto a los homosexuales y las animadas reacciones que suscitó, leí un artículo de opinión –y perdóneseme que no recuerde al autor– que hablaba, palabras más palabras menos, que en nuestro país priva un discurso de la iracundia, del salvajismo, del descalificamiento, de un racismo enmascarado. El texto no abogaba por lo dicho por el conductor en un programa televisivo ni tampoco se perfilaba en su contra; únicamente decía que bastaba que alguien expresara una opinión –sobre cualquier tema– para que se desatara el linchamiento público, la objeción lanzada como una marea.
En un país que se jacta de que en su territorio la libre expresión es tan común y corriente como comprar un kilo de tortillas en cualquier esquina, resulta peligroso entonces que se disienta tanto de todo y de todos, y a veces sin argumentos. Lo dicho por Esteban Arce bastó para que se le llamara de mil maneras –vía radio e internet–, 999 –exagero, es obvio– de ellas denigrantes, de la peor bajeza, con vocablos altisonantes y groseros; y no, no estoy defendiendo al tipo y mucho menos me inmiscuyo en lo que dijo, sólo acentúo que sus detractores no cejaron en llamarlo de mil modos ofensivos. A eso hacía referencia el texto: a ese discurso salvaje, descalificador y racista que permea en la vida pública mexicana (como lo dicho por Arce, por ejemplo).
Traigo esto a colación porque cerca de la oficina, a un lado de una tienda de abarrotes a donde llego casi todos los días más o menos a las 8:30 am, hay un negocio donde se atienden mascotas y se ofrecen un sinnúmero de productos para su atención y cuidado. La cuestión es que hace dos o tres semanas, al llegar a la tienda, me percaté de que los cristales del negocio habían sido destrozados. Los pedazos de vidrio se extendían por la acera y un pequeño jardín que se ubica al frente del establecimiento. En aquel momento pensé que se había tratado de algunos borrachos, o de alguien que quizá no encontró otra manera mejor de “divertirse” o sobrellevar su estrés.
Dicho pensamiento, sin embargo, topó en pared: el negocio, como medida previsora, mandó poner cortinas blancas en lugar de reponer los cristales; hoy por la mañana, sobre el fondo blanco del cortinaje apareció una leyenda trazada con spray negro: “en este negocio se lucra con el sufrimiento de los animales.” Según el tendero –le platicaba en ese momento a una clienta–, el par de acciones las perpetró un exempleado resentido que fue liquidado por lo poco redituable que había resultado el negocio. Es decir, fue despedido y ahora desquitaba la “injusticia” con hechos reprobables. No se trata más que de la reproducción de un discurso salvaje, que no entiende razones; un discurso que se repite en la cotidianidad, y al que nos hemos acostumbrado a tal punto que se le concibe como una reacción sana, como un encauzamiento válido de la furia acumulada. ¿Hay diferencia entre esto y el escarnio vía internet o voz en cuello que se hace de los miles que se animan a expresar lo que piensan, defiendan lo que defiendan?
“(….) Volvemos, sumisos, a entregarnos, / a meter la mano en el bolsillo, / a encoger los hombros, / a empezar a amar como si fuera / la primera vez, a darnos confianza, / a pasar los días como madera muerta. / Y entre puente y puente / avanza el olvido. / Lo profundo busca / su máscara altiva. // No importa la muerte. Vivimos.”
En un país que se jacta de que en su territorio la libre expresión es tan común y corriente como comprar un kilo de tortillas en cualquier esquina, resulta peligroso entonces que se disienta tanto de todo y de todos, y a veces sin argumentos. Lo dicho por Esteban Arce bastó para que se le llamara de mil maneras –vía radio e internet–, 999 –exagero, es obvio– de ellas denigrantes, de la peor bajeza, con vocablos altisonantes y groseros; y no, no estoy defendiendo al tipo y mucho menos me inmiscuyo en lo que dijo, sólo acentúo que sus detractores no cejaron en llamarlo de mil modos ofensivos. A eso hacía referencia el texto: a ese discurso salvaje, descalificador y racista que permea en la vida pública mexicana (como lo dicho por Arce, por ejemplo).
Traigo esto a colación porque cerca de la oficina, a un lado de una tienda de abarrotes a donde llego casi todos los días más o menos a las 8:30 am, hay un negocio donde se atienden mascotas y se ofrecen un sinnúmero de productos para su atención y cuidado. La cuestión es que hace dos o tres semanas, al llegar a la tienda, me percaté de que los cristales del negocio habían sido destrozados. Los pedazos de vidrio se extendían por la acera y un pequeño jardín que se ubica al frente del establecimiento. En aquel momento pensé que se había tratado de algunos borrachos, o de alguien que quizá no encontró otra manera mejor de “divertirse” o sobrellevar su estrés.
Dicho pensamiento, sin embargo, topó en pared: el negocio, como medida previsora, mandó poner cortinas blancas en lugar de reponer los cristales; hoy por la mañana, sobre el fondo blanco del cortinaje apareció una leyenda trazada con spray negro: “en este negocio se lucra con el sufrimiento de los animales.” Según el tendero –le platicaba en ese momento a una clienta–, el par de acciones las perpetró un exempleado resentido que fue liquidado por lo poco redituable que había resultado el negocio. Es decir, fue despedido y ahora desquitaba la “injusticia” con hechos reprobables. No se trata más que de la reproducción de un discurso salvaje, que no entiende razones; un discurso que se repite en la cotidianidad, y al que nos hemos acostumbrado a tal punto que se le concibe como una reacción sana, como un encauzamiento válido de la furia acumulada. ¿Hay diferencia entre esto y el escarnio vía internet o voz en cuello que se hace de los miles que se animan a expresar lo que piensan, defiendan lo que defiendan?
“(….) Volvemos, sumisos, a entregarnos, / a meter la mano en el bolsillo, / a encoger los hombros, / a empezar a amar como si fuera / la primera vez, a darnos confianza, / a pasar los días como madera muerta. / Y entre puente y puente / avanza el olvido. / Lo profundo busca / su máscara altiva. // No importa la muerte. Vivimos.”
Juan Bañuelos, “Esto es la otra parte” en Espejo humeante (1968)
Imagen: cristinasaez.files.wordpress.com
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