
(Viernes 12 de febrero, segundo día sin luz.) Cuando la tarde iba perdiendo color retornó aquella indefensión del día anterior. El tránsito de las horas se tiñó de una vana esperanza (por la mañana acudí a la CFE a liquidar el adeudo atrasado y la reconexión del servicio; la mujer que me atendió, con voz pastosa y restos de emparedado entre los dientes, me dijo que hasta el lunes se restablecería el servicio. Y no abundo aquí en lo que le dije a la burócrata por tal noticia.) Los objetos fueron tornándose meras sombras, que, avanzada la noche, me fue posible encontrar por ese conocimiento que se tiene del espacio propio. Un imán impregnado a mis manos me acercaba a ellos.
A diferencia del primer día sumido en aquella negrura casera en este segundo había contado con el tiempo suficiente para habituarme a la situación llegado el momento (la noche, pues), sin embargo el golpe, de nuevo, fue brutal, me noqueó de un solo tirón. Tal preparación no fue posible. Moverse en la oscuridad supone calcular todo movimiento, por nimio que pueda parecer: no daba un paso o movía un brazo sin que antes –el cerebro funcionando como brújula– me percatara del sitio exacto donde me encontraba: varias veces tuve la sensación de que me deslizaba como el soldado lo hace en un campo minado.
La oscuridad nos vuelve presas de una orfandad que nos arranca de todo vuelo, y en ese trayecto perdemos alas, rumbo, altura; y entonces nos descubrimos indefensos ante tanto embate, ante tanta ceguera impuesta a la fuerza. La noche avanza como un “lento, amargo animal” que sacia su hambre con la falta de sueño y la desesperante oquedad que se desata apenas se mete uno en la cama con intención de dormir, con el único propósito de abrir los ojos y ya no tener aquel vendaje oscuro sobre la mirada. Hay un punto en que la negrura se ahonda, se aletarga, se entretiene en su máximo esplendor.
La mañana del sábado apareció como un signo trazado a propósito en el azul que se filtraba por las persianas. Un signo titilante, con un itinerario propio cuyo desenlace iba ir a caer, sin salida, al mismo sitio: a la llegada de la oscuridad pasadas algunas horas, como si se abriera un desfiladero del que no fuera posible escapar. Por lo pronto las sombras habían emigrado, y de pronto todo en el departamento presentó un aire deslavado, limpio, quizá reluciente. Sabedor de que aquello era transitorio me entregué, embebido y envinado, apenas sentí una punzada de cansancio, a un largo sueño, que me llevara al otro lado, al sitio de la mañana perenne.
“Puntual, / asistente de liquen y de ortigas / llegas, oh soledad, puntual como la noche, / como la lluvia de este otoño, llegas como / la estricta jaula que nos forma el aire. / ¿A qué hora del día nos duele más la vida? / Decimos soledad por no decir “qué frío”, / decimos “voy contigo” para quedarnos solos. / Un día / alguien ama nuestro silencio, / esta forma de viajar sobre la tierra.”
A diferencia del primer día sumido en aquella negrura casera en este segundo había contado con el tiempo suficiente para habituarme a la situación llegado el momento (la noche, pues), sin embargo el golpe, de nuevo, fue brutal, me noqueó de un solo tirón. Tal preparación no fue posible. Moverse en la oscuridad supone calcular todo movimiento, por nimio que pueda parecer: no daba un paso o movía un brazo sin que antes –el cerebro funcionando como brújula– me percatara del sitio exacto donde me encontraba: varias veces tuve la sensación de que me deslizaba como el soldado lo hace en un campo minado.
La oscuridad nos vuelve presas de una orfandad que nos arranca de todo vuelo, y en ese trayecto perdemos alas, rumbo, altura; y entonces nos descubrimos indefensos ante tanto embate, ante tanta ceguera impuesta a la fuerza. La noche avanza como un “lento, amargo animal” que sacia su hambre con la falta de sueño y la desesperante oquedad que se desata apenas se mete uno en la cama con intención de dormir, con el único propósito de abrir los ojos y ya no tener aquel vendaje oscuro sobre la mirada. Hay un punto en que la negrura se ahonda, se aletarga, se entretiene en su máximo esplendor.
La mañana del sábado apareció como un signo trazado a propósito en el azul que se filtraba por las persianas. Un signo titilante, con un itinerario propio cuyo desenlace iba ir a caer, sin salida, al mismo sitio: a la llegada de la oscuridad pasadas algunas horas, como si se abriera un desfiladero del que no fuera posible escapar. Por lo pronto las sombras habían emigrado, y de pronto todo en el departamento presentó un aire deslavado, limpio, quizá reluciente. Sabedor de que aquello era transitorio me entregué, embebido y envinado, apenas sentí una punzada de cansancio, a un largo sueño, que me llevara al otro lado, al sitio de la mañana perenne.
“Puntual, / asistente de liquen y de ortigas / llegas, oh soledad, puntual como la noche, / como la lluvia de este otoño, llegas como / la estricta jaula que nos forma el aire. / ¿A qué hora del día nos duele más la vida? / Decimos soledad por no decir “qué frío”, / decimos “voy contigo” para quedarnos solos. / Un día / alguien ama nuestro silencio, / esta forma de viajar sobre la tierra.”
Juan Bañuelos, “Relato” en Espejo humeante
Imagen: http://www.media.salir.com/
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