
Por si no fuera suficiente lo golpeado que aparece el mundo cada mañana, con sobrada actitud nos encargamos de contribuir a su empobrecimiento general. Que la tierra acapare, y amortigüe, todo ese avasallaje resulta increíble por donde se le vea. Basta un hecho sangriento para que se enciendan las luces de la parodia y la insana costumbre, primero y del anonadamiento insigne y la dejadez contagiosa, en un segundo momento. La realidad enmascarada presenta una faz terrible: se intenta provocar risa de aquello que no da más que para llanto y temor. Así de enrevesados estamos.
La tragedia, por ejemplo, dentro de las coordenadas en las que nos movemos, adquiere matices insospechados: del terremoto mortal que sacudió a Haití el mes pasado un diputado lo redujo a una frase lapidaria, que le costó –mínima pena creo yo– ser expulsado de su partido; de la masacre de 16 jóvenes en Ciudad Juárez la semana pasada el presidente Calderón dijo, con otras palabras obviamente, que se trata de bajas de guerra, normales en todo conflicto de estas magnitudes –el del gobierno contra el narco–; el balazo sorrajado a la cabeza del jugador americanista Salvador Cabañas el lunes antepasado ya se trata de un asunto abordado en programas de chismes y farándula, cuya audiencia va en aumento. El ensimismamiento de la sociedad es tal que banaliza lo importante y eleva lo superfluo.
La fatalidad alimenta los libretos de los guiones de los reality shows y engrosa el imaginario colectivo a límites obesos: en el asunto de Cabañas, por citar un ejemplo nada más, con el paso de los días han saltado personajes de un lado y otro, con una intención protagonista que daría para un casting en torno a una telenovela; además de que tantas vueltas de tuerca y giros dramáticos en los hechos fácilmente harían suponer que se está escribiendo una novela policiaca con todos sus atributos. Nada más detestable que ese aire ramplón detectivesco que destila y que no ha conducido a la resolución del ataque.
Ya se sabe que en este país la tragedia transmitida a nivel nacional es sinónimo de fama: “no importa demasiado lo que me suceda, lo más importante es que me vi en televisión, aparecí en primera portada en el diario, fui objeto de un reportaje en las páginas centrales en reconocida revista”. La invasión en la vida de un personaje público se hace en la medida en que las acciones de éste calan en la sociedad, le dejan un bien, la enaltecen de algún modo; caso contrario –el asunto Cabañas–, se malabarea con esa antorcha llamada amarillismo, a un mismo tiempo tan repugnante como eficaz distractor –“encandilador”– de multitudes.
“(….) Detrás de los hastíos y los hondos pesares / que abruman con su peso la neblinosa vida, / ¡feliz aquel que puede con brioso aleteo / lanzarse hacia los campos luminosos y calmos! // Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras, / levantan hacia el cielo matutino su vuelo / ¡que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo, / la lengua de las flores y de las cosas mudas!”
Charles Baudelaire, “Elevación” en Las flores del mal
La tragedia, por ejemplo, dentro de las coordenadas en las que nos movemos, adquiere matices insospechados: del terremoto mortal que sacudió a Haití el mes pasado un diputado lo redujo a una frase lapidaria, que le costó –mínima pena creo yo– ser expulsado de su partido; de la masacre de 16 jóvenes en Ciudad Juárez la semana pasada el presidente Calderón dijo, con otras palabras obviamente, que se trata de bajas de guerra, normales en todo conflicto de estas magnitudes –el del gobierno contra el narco–; el balazo sorrajado a la cabeza del jugador americanista Salvador Cabañas el lunes antepasado ya se trata de un asunto abordado en programas de chismes y farándula, cuya audiencia va en aumento. El ensimismamiento de la sociedad es tal que banaliza lo importante y eleva lo superfluo.
La fatalidad alimenta los libretos de los guiones de los reality shows y engrosa el imaginario colectivo a límites obesos: en el asunto de Cabañas, por citar un ejemplo nada más, con el paso de los días han saltado personajes de un lado y otro, con una intención protagonista que daría para un casting en torno a una telenovela; además de que tantas vueltas de tuerca y giros dramáticos en los hechos fácilmente harían suponer que se está escribiendo una novela policiaca con todos sus atributos. Nada más detestable que ese aire ramplón detectivesco que destila y que no ha conducido a la resolución del ataque.
Ya se sabe que en este país la tragedia transmitida a nivel nacional es sinónimo de fama: “no importa demasiado lo que me suceda, lo más importante es que me vi en televisión, aparecí en primera portada en el diario, fui objeto de un reportaje en las páginas centrales en reconocida revista”. La invasión en la vida de un personaje público se hace en la medida en que las acciones de éste calan en la sociedad, le dejan un bien, la enaltecen de algún modo; caso contrario –el asunto Cabañas–, se malabarea con esa antorcha llamada amarillismo, a un mismo tiempo tan repugnante como eficaz distractor –“encandilador”– de multitudes.
“(….) Detrás de los hastíos y los hondos pesares / que abruman con su peso la neblinosa vida, / ¡feliz aquel que puede con brioso aleteo / lanzarse hacia los campos luminosos y calmos! // Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras, / levantan hacia el cielo matutino su vuelo / ¡que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo, / la lengua de las flores y de las cosas mudas!”
Charles Baudelaire, “Elevación” en Las flores del mal
Imagen: www.ur.mx
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