
(Jueves 11 de febrero, primer día sin luz.) La oscuridad de cotidiano no parece un abismo como cuando se presiona el interruptor y el foco no enciende. Allí, en esa indefensión intolerable, plantado a mitad de la sala, de pronto me invadió esa rara sensación de la certeza que conduce a un olvido: el de no pagar el recibo. Adentro, como afuera, todo aparece impregnado de un matiz impenetrable, provisto de una dureza que a la larga se vuelve una pesadez que abotaga el estado alerta de cualquier espíritu. Cuando la oscuridad se cuela por la ventana no hay por dónde devolverla a la calle; máxime si en el exterior es de noche.
En aquella negrura incluso el silencio se volvió denso, como una espesa nube que fue cubriendo de a poco la atmósfera más a la mano. Nada había cerca; al menos así lo parecía. Una especie de temor fue trepando de los pies a la cabeza; temor que si no se le expulsa encuentra pronto un nido. Ninguna voz, ningún ruido, nada que supusiera que tras la puerta se encontraba el mundo y su interminable bullicio. En ese atolladero fue creciendo la sensación de que ninguna palabra –posible, inventada– fuera capaz de romper aquel abrupto maleficio.
Vela en mano, del baño a la habitación y de ahí al estudio, de pronto tuve la certeza de que mi propia sombra se había vuelto contra mí. La veía enorme, envalentonada en el muro y en el techo. Al fin, tras deambular pensando en la remota posibilidad –al fin, posibilidad- de que el fin de semana me quedara así, a oscuras, acabé por desplomarme en mi sillón de lectura: donde por más que agucé la mirada, por más que achiqué los ojos, por más que intenté seguir los renglones del libro en turno acabé por declararme derrotado por aquella reina negra, que, despatarrada, se había hecho de todos los rincones y se movía a sus anchas.
Tantear en aquel vientre endurecido fue lo equivalente a bogar por salir de una alberca cuando no se sabe nadar y se patalea con desesperación y la escasa lucidez con que todavía se cuenta en semejante estado deplorable. Se abalanzaron las paredes desoladas, el techo se vino abajo, las ventanas se ocultaron entre los muebles y las puertas no dieron la cara y se empecinaron en no abrirse, obstruyendo sus chapas. La oscuridad nunca es tan líquida, sintiéndola respirar inclemente en la cara, como cuando nos embarga la certeza de que no se irá sino hasta que la mañana regrese al mundo.
“A los hombres, a las mujeres / que aguardan vivir en soledad, / al espeso camaleón callado como el agua, / al aire arisco (es el aire un pájaro atrapado), / a los que duermen mientras sostengo mi vigilia, / a la mujer sentada en la plaza vendiendo su silencio. / En fin, diciendo ciertas cosas reales / en una lengua unánime, amorosa; / a los niños que sueñan en las frutas / y a los que cantan canciones sin palabras en las noches / compartiendo la muerte con la muerte, / los invito a la vida (….)”
Juan Bañuelos, “Donde sólo se habla de amor” en Espejo humeante (1968)
En aquella negrura incluso el silencio se volvió denso, como una espesa nube que fue cubriendo de a poco la atmósfera más a la mano. Nada había cerca; al menos así lo parecía. Una especie de temor fue trepando de los pies a la cabeza; temor que si no se le expulsa encuentra pronto un nido. Ninguna voz, ningún ruido, nada que supusiera que tras la puerta se encontraba el mundo y su interminable bullicio. En ese atolladero fue creciendo la sensación de que ninguna palabra –posible, inventada– fuera capaz de romper aquel abrupto maleficio.
Vela en mano, del baño a la habitación y de ahí al estudio, de pronto tuve la certeza de que mi propia sombra se había vuelto contra mí. La veía enorme, envalentonada en el muro y en el techo. Al fin, tras deambular pensando en la remota posibilidad –al fin, posibilidad- de que el fin de semana me quedara así, a oscuras, acabé por desplomarme en mi sillón de lectura: donde por más que agucé la mirada, por más que achiqué los ojos, por más que intenté seguir los renglones del libro en turno acabé por declararme derrotado por aquella reina negra, que, despatarrada, se había hecho de todos los rincones y se movía a sus anchas.
Tantear en aquel vientre endurecido fue lo equivalente a bogar por salir de una alberca cuando no se sabe nadar y se patalea con desesperación y la escasa lucidez con que todavía se cuenta en semejante estado deplorable. Se abalanzaron las paredes desoladas, el techo se vino abajo, las ventanas se ocultaron entre los muebles y las puertas no dieron la cara y se empecinaron en no abrirse, obstruyendo sus chapas. La oscuridad nunca es tan líquida, sintiéndola respirar inclemente en la cara, como cuando nos embarga la certeza de que no se irá sino hasta que la mañana regrese al mundo.
“A los hombres, a las mujeres / que aguardan vivir en soledad, / al espeso camaleón callado como el agua, / al aire arisco (es el aire un pájaro atrapado), / a los que duermen mientras sostengo mi vigilia, / a la mujer sentada en la plaza vendiendo su silencio. / En fin, diciendo ciertas cosas reales / en una lengua unánime, amorosa; / a los niños que sueñan en las frutas / y a los que cantan canciones sin palabras en las noches / compartiendo la muerte con la muerte, / los invito a la vida (….)”
Juan Bañuelos, “Donde sólo se habla de amor” en Espejo humeante (1968)
Imagen: http://www.mundofotos.net/
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