
(Sábado 13 de febrero, tercer día sin luz.) En estos últimos tres días, tras mascar sinsabores y una bien marcada desesperación, he llegado a una primera conclusión: no hay luz más verdadera, cercana, que aquella que no depende del factor eléctrico. Sin embargo, ese rayo nos acompaña tan sólo en una parte del trayecto cotidiano. Horas que se disuelven, llegado el momento, en un tremendo boquete que aspira todo, que queda envuelto entre los pliegues de un interminable manto oscuro. Si al asentar sus reales la noche se carece del servicio de electricidad sobreviene una especie de encontronazo con la imposibilidad: que pregona que lo que no puede verse es que no está.
Como si se oteara el cielo, desde el fondo del mar: así atrapa la oscuridad que borbotea desde los rincones diminutas luminosidades: velas cuya luz ulula y se pierde entre los objetos grandes, cercada por muebles que resulta imposible desplazar. Visto de este modo el universo cercano es terrible, si por esta palabra entendemos que la noche trae consigo una ceguera involuntaria, una pretenciosa intención de velar todo aquello que resulte conocido. A más de ello, siempre, se cuela de alguna parte un rayo que detona un pasaje por el que caminar, un sendero por el cual se puede avanzar sin temor a perder el equilibrio y caer de bruces al suelo; de donde ya no será posible levantarse sino hasta la mañana siguiente.
La noche ya no viene tan sanguinaria, sus manazas no se prenden férreas ya al cuello expuesto. Es posible convivir con ella, acompañarla en su vuelta al ruedo, mientras, desde las gradas, los aplausos bajan en cascada, y los vítores ensordecen a tal punto que por momentos la puerta de salida se pierde entre el tumulto. Esta noche de sábado, desde el principio, se mostró por demás cauta, como si temiera dar un paso en falso o posesionarse abrupta de los últimos rastros de luz que iban quedando regados por todo el departamento. Entonces comprendí que su actitud había mutado, quizá previendo que no sería tan sencillo amedrentarme como ayer y antier. Apenas la vi, lo supe e, impetuoso, corrí a abrazarla.
La espera de que llegue la mañana no aparece tan sombría, tan llena de voces y presencias imaginables, lastimeras. Es cierto, sin embargo, que tengo la sensación de que sobrevivo en un agujero, rodeado de paredes y objetos oscurecidas, atiborrado de palabras ennegrecidas y numerosos ojos, muchos ojos, que me miran desde algún sitio, vigilantes, reprobatorios de que en este deambular vaya recogiendo pedazos del día, dispersos, que se revuelven en una agonía que llega a calar muy hondo; con el fin de prenderlos a las puertas, ventanas y paredes para iluminar un poco el vientre desmesurado de la noche.
“Porque no es natural que yo me queje, / que vaya lastimando con mis voces / al alba y a los pájaros, / que arroje mis palabras como piedras. / Porque no es natural, / yo bien sé lo que vale / el tiempo de la siembra. / Hoy todos saben que si llamo, / que si grito, le toco a cada uno / la negra pústula que llevan. // (….) Despierto y dócilmente / le toco su niñez al alba. / Me conformo pero llega la tarde / y no consiento que laven mis ojos / las estrellas. / ¿Cómo tocar la luz con estas manos / si el aire nos enreda, si el hambre nos enreda / y nos hace danzar, danzar / una fábula / de bocas enterradas / y de yedras?”
Juan Bañuelos, “Fábula definitiva” en Espejo humeante (1968)
Como si se oteara el cielo, desde el fondo del mar: así atrapa la oscuridad que borbotea desde los rincones diminutas luminosidades: velas cuya luz ulula y se pierde entre los objetos grandes, cercada por muebles que resulta imposible desplazar. Visto de este modo el universo cercano es terrible, si por esta palabra entendemos que la noche trae consigo una ceguera involuntaria, una pretenciosa intención de velar todo aquello que resulte conocido. A más de ello, siempre, se cuela de alguna parte un rayo que detona un pasaje por el que caminar, un sendero por el cual se puede avanzar sin temor a perder el equilibrio y caer de bruces al suelo; de donde ya no será posible levantarse sino hasta la mañana siguiente.
La noche ya no viene tan sanguinaria, sus manazas no se prenden férreas ya al cuello expuesto. Es posible convivir con ella, acompañarla en su vuelta al ruedo, mientras, desde las gradas, los aplausos bajan en cascada, y los vítores ensordecen a tal punto que por momentos la puerta de salida se pierde entre el tumulto. Esta noche de sábado, desde el principio, se mostró por demás cauta, como si temiera dar un paso en falso o posesionarse abrupta de los últimos rastros de luz que iban quedando regados por todo el departamento. Entonces comprendí que su actitud había mutado, quizá previendo que no sería tan sencillo amedrentarme como ayer y antier. Apenas la vi, lo supe e, impetuoso, corrí a abrazarla.
La espera de que llegue la mañana no aparece tan sombría, tan llena de voces y presencias imaginables, lastimeras. Es cierto, sin embargo, que tengo la sensación de que sobrevivo en un agujero, rodeado de paredes y objetos oscurecidas, atiborrado de palabras ennegrecidas y numerosos ojos, muchos ojos, que me miran desde algún sitio, vigilantes, reprobatorios de que en este deambular vaya recogiendo pedazos del día, dispersos, que se revuelven en una agonía que llega a calar muy hondo; con el fin de prenderlos a las puertas, ventanas y paredes para iluminar un poco el vientre desmesurado de la noche.
“Porque no es natural que yo me queje, / que vaya lastimando con mis voces / al alba y a los pájaros, / que arroje mis palabras como piedras. / Porque no es natural, / yo bien sé lo que vale / el tiempo de la siembra. / Hoy todos saben que si llamo, / que si grito, le toco a cada uno / la negra pústula que llevan. // (….) Despierto y dócilmente / le toco su niñez al alba. / Me conformo pero llega la tarde / y no consiento que laven mis ojos / las estrellas. / ¿Cómo tocar la luz con estas manos / si el aire nos enreda, si el hambre nos enreda / y nos hace danzar, danzar / una fábula / de bocas enterradas / y de yedras?”
Juan Bañuelos, “Fábula definitiva” en Espejo humeante (1968)
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