
(Domingo 14 de febrero, cuarto día sin luz.) El domingo amaneció antes de lo esperado. Como si en el reloj las manecillas hubieran corrido con un apresuramiento desconocido; los primeros atisbos de luz horadaron el sueño, llenaron huecos y atravesaron ventanas, dejando persianas abajo y puertas franqueadas. Otro domingo sin sol no, otro domingo con un sol de manteles largos, que se expandía como un vientre anhelado. En las largas horas de la mañana redescubrí algunos sitios del departamento, sobre todo aquellos que en la oscuridad se vuelven cuevas impenetrables, que cierran paso a toda incursión, a toda mirada.
Los domingos son aptos para cualquier cosa, incluso para no querer que se marche. La luz que había traído era de una claridad despampanante, de ésas que se guardan en la memoria de los ojos por muchos días. Hacia el mediodía, el sol instalado en el punto más lejano del suelo, había en el aire diminutas lucecillas que revoloteaban como insectos atontados, chocando en paredes y objetos, en el blanqueado techo. La atmósfera era tal que por momentos pensé que si llegara de pronto la noche no podría instalarse en el departamento, se lo impediría aquella red luminosa, blanquísima.
El sopor de la tarde acompañó las horas de lectura: una avidez me recorría, se descargaba en mí por la inminencia de la puesta de sol. Cerca de la ventana pude ver cuando las primeras manchas oscuras fueron descendiendo sobre edificios y cerros. No tardaría en difuminarse aquella claridad que había aprendido a querer en pocas horas. Las lámparas del alumbrado público emergieron entonces de entre los árboles y edificios. En algún punto de la ciudad, sin embargo, quedaría un poco de día, de luz de día, arrinconada, oculta, temerosa de asomarse y ser descubierta por la noche que ya había desplegado todo su esplendor.
La oscuridad amasada durante tanto día me condujo a una especie de sonambulismo recalcitrante que el lunes, cuando la corriente eléctrica fue restablecida, al principio –cuando el sol ya se había ocultado– no encendí algún foco para alumbrarme la existencia. De a poco me fui desprendiendo de ese lastre: el sordo ronroneo del motor del refrigerador me animó a encender, primero, una lámpara de pie, en la sala; después el foco del patio, el estéreo enseguida y pasados unos minutos ya estaban todas las habitaciones iluminadas, como un castillo que se preparara para dar la bienvenida a distinguidos comensales en aras de una fiesta pomposa.
“El oído que sabe lo que pesa el silencio, / la boca que despierta con la mudez de un árbol / y la piedra que suena en mi carne, / saben que el rostro mío / es hijo de una hora: la espesura de tigres / en el guante del aire. // La enardecida naranja en la rama / abre su ácido puño, / y el aroma señala con su dedo amarillo / todo lo que perdura: / la sosegada linterna que los viejos / ruedan en nuestro pulso de astillas, / para que en nuestro rostro / la hora sea solamente / lo que en el vuelo el corazón alcanza.”
Los domingos son aptos para cualquier cosa, incluso para no querer que se marche. La luz que había traído era de una claridad despampanante, de ésas que se guardan en la memoria de los ojos por muchos días. Hacia el mediodía, el sol instalado en el punto más lejano del suelo, había en el aire diminutas lucecillas que revoloteaban como insectos atontados, chocando en paredes y objetos, en el blanqueado techo. La atmósfera era tal que por momentos pensé que si llegara de pronto la noche no podría instalarse en el departamento, se lo impediría aquella red luminosa, blanquísima.
El sopor de la tarde acompañó las horas de lectura: una avidez me recorría, se descargaba en mí por la inminencia de la puesta de sol. Cerca de la ventana pude ver cuando las primeras manchas oscuras fueron descendiendo sobre edificios y cerros. No tardaría en difuminarse aquella claridad que había aprendido a querer en pocas horas. Las lámparas del alumbrado público emergieron entonces de entre los árboles y edificios. En algún punto de la ciudad, sin embargo, quedaría un poco de día, de luz de día, arrinconada, oculta, temerosa de asomarse y ser descubierta por la noche que ya había desplegado todo su esplendor.
La oscuridad amasada durante tanto día me condujo a una especie de sonambulismo recalcitrante que el lunes, cuando la corriente eléctrica fue restablecida, al principio –cuando el sol ya se había ocultado– no encendí algún foco para alumbrarme la existencia. De a poco me fui desprendiendo de ese lastre: el sordo ronroneo del motor del refrigerador me animó a encender, primero, una lámpara de pie, en la sala; después el foco del patio, el estéreo enseguida y pasados unos minutos ya estaban todas las habitaciones iluminadas, como un castillo que se preparara para dar la bienvenida a distinguidos comensales en aras de una fiesta pomposa.
“El oído que sabe lo que pesa el silencio, / la boca que despierta con la mudez de un árbol / y la piedra que suena en mi carne, / saben que el rostro mío / es hijo de una hora: la espesura de tigres / en el guante del aire. // La enardecida naranja en la rama / abre su ácido puño, / y el aroma señala con su dedo amarillo / todo lo que perdura: / la sosegada linterna que los viejos / ruedan en nuestro pulso de astillas, / para que en nuestro rostro / la hora sea solamente / lo que en el vuelo el corazón alcanza.”
Juan Bañuelos, “Una hora en nuestro rostro” en Espejo humeante (1968)
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