lunes, 8 de febrero de 2010

Otro domingo sin sol (4)


Intenté, en todo el día, concentrarme en la lectura. Me resultó difícil. Frente al departamento, en una casa donde periódicamente se reúne mucha gente, se instaló una comitiva que bailó incansable por muchas horas: la rockola no paró de aullar hasta que una patrulla –me pregunto quién alertaría a las autoridades– apareció en el escenario, ya bien entrada la noche. De entre las decenas que habían caído por allí desde temprano sobresalía un tipo fortachón, de sombrero, botudo, gritón como él solo, que más de una vez quiso armar la trifulca con los policías. Se le veía ebrio, incapaz de dar dos pasos manteniéndose erguido.
Lo que resulta sorprendente es que a dos casas de aquélla cada domingo, por la mañana, se congregan algunas familias: se trata de una casa de oración de una iglesia que se centra en el estudio bíblico, según reza una manta que han colgado en el portón. Pues hubo un momento en que la música salida de la rockola iba a mezclarse con los cánticos y aplausos de sus vecinos: el resultado era más bien confuso, como si, al tratar de desmenuzar una melodía en el momento de su grabación, con un oído se pusiera atención en la batería y el otro en el eco sordo del bajo. Una pelea de sonidos que no llegó a las palabras ni a las manos. Pero yo me sentí bajo dos fuegos.
Pensé, por un instante –tuve que desechar la idea pronto–, que cuando el sol calara un poco aquella multitud se iría dispersando, primero de uno en uno, después en grupos pequeños y tal vez todos en un último jalón. El sol, por más ruegos que hice, no apareció por ningún sitio. Antes bien se desató una ligera llovizna que no los ahuyentó, sino, todo lo contrario, vino a refrescarles tanta zapateada. A media tarde ya estaba resignado a tolerar aquel espectáculo que se abría balcón abajo y se ensanchaba hacia la esquina este de la calle, donde, también lo pensé, pronto aparecería una jauría de perros hambrientos o una pandilla de salteadores que acabara por provocar la desbandada –también pronto dejé a un lado aquella ilusión–.
En medio de esas horas de marasmo gratuito, por otra parte, contemplé por mucho rato una de las paredes del estudio: encontré de pronto una pintura colgada allí desde hace tiempo: tras mirarla sin pestañear me pareció realmente hermosa. Se trata de un lienzo –copia, por supuesto– pintado por Siqueiros; una de sus primeras obras según he investigado. Sin embargo, es curioso cómo sin ninguna pretensión el tiempo se llena de detalles que echan abajo cualquier tortura. La espera de la partida de aquella legión que provocaba un ruido ensordecedor a partir de allí se volvió un tanto más tolerable.

“Mi juventud no fue sino un gran temporal / atravesado, a rachas, por soles cegadores; hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros / que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón. // He alcanzado el otoño total del pensamiento, / y es necesario ahora usar pala y rastrillo / para poner a flote las anegadas tierras / donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas. // ¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño, / hallarán en mi suelo, yermo como una playa, / el místico alimento que les daría vigor?”
Charles Baudelaire, “El enemigo” en Las flores del mal

Imagen: pintura titulada "Bailongo" encontrada en http://www.eduardolarroca.blogspot.com/

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