martes, 30 de marzo de 2010

Anfitriones


Asistir a reuniones es una acción que no implica mayor esfuerzo y dedicación que las simples ganas de estar presente. Basta, antes, que llegue la invitación por el medio adecuado; o, en ocasiones, por vía de terceros. El modo de sobrellevar dicha reunión, o el lapso de permanencia en ella, depende de cada uno: y tiene que ver, asimismo, con el ambiente que priva, los conocidos que se dan cita, el grado de afinidad entre los comensales y un sinnúmero de factores que se conjugan para que la balanza se incline hacia un lado en particular: ya sea la aburrición total o el pasársela del todo bien. Entre uno y otro extremo no es posible ubicarse.
A menudo se sobreentiende, cuando se asiste a este tipo de eventos, que en su transcurso ocurrirá tal o cual hecho que lo hará interesante, que se programará el mismo tipo de música que en otras reuniones –por la gente que acude– o que se tiene que asumir una determinada actitud al llegar, durante la estancia y al momento de la partida. No se prevé, por ejemplo, que los gustos musicales del anfitrión sean en su totalidad dispares de los de uno, y entonces hay que elegir de dos sopas: amoldarse a las circunstancias o poner tierra de por medio.
Ahora, ser anfitrión de una reunión programada, con suficiente tiempo y al tanto del cuidado de los detalles, no exime que en su transcurso se cometan algunos yerros o se pasen por alto circunstancias que brotan de donde menos se espera. La capacidad de improvisación para remendar tales desgarraduras pasa, casi siempre, por ese crisol ambiguo del conocimiento previo de los invitados. Más aún, si se le conoce de mucho tiempo atrás no debería, entonces, surgir la complicación, pero si es así, no se tendría que dejarla crecer. Ser anfitrión equivale, de alguna manera, a hacerle al condescendiente, al mago, al sabelotodo, al buen bebedor, al de gustos finos y extraños, al sagaz conversador, al atinado comendador, en fin, más que al buen amigo al queda-bien-con-todos.
Supe de alguien que, en días pasados, quería, con todas las ganas de que era posible, dar por terminada una reunión que había organizado en su casa cuando los invitados no mostraban ni un leve cansancio ni habían evidenciado señal alguna de que ya querían marcharse; incluso, pedían más bebida y exigían que el volumen de la música se elevara considerablemente. El anfitrión no se atrevió a despedirlos, mediando una rigurosa cortesía, antes de que ellos decidieran partir. De ello concluyo que en un momento determinado los invitados deberían percibir que el ambiente no es el idóneo para seguir la fiesta y el anfitrión, por su parte, debería evidenciar –aunque en el fondo no sea tal cosa– que se la está pasando de maravilla. Ni una ni otra actitud admiten medias tintas, aunque sí juicios descarnados.

“He aquí que no puedo estrecharte hasta que amanezca, / que no puedo llevarte como la espada a mi costado, / que no puedo apretar tu ternura de ave más allá de mi pecho, / que el árbol va dejando caer sus hojas. // Brazo de mar, convocación de ramas, / me establezco en tu cuerpo y fundo mis leyes con tu olor, / con el que voy ciervo, días y días, y amoroso. / Decapitada viva, parca dulcísima de octubre, / como un sol es tu mano para que yo despierte / y el mundo amanezca”
Juan Bañuelos, “Brazo de mar” en Espejo humeante (1968)

Imagen: lima.anuxi.pe/casting-para-bailarines-bailarinas-modelos-anfitriones

3 comentarios:

Minerva Delgadillo dijo...

Por eso siempre es mejor asistir a las fiestas que organizarlas: ¿cuándo planeas una?

Celestino García Madero dijo...

Hummmm, me temo que no soy bueno en esas cosas. Pero quizá pronto me anime, de todos modos desde ya estás invitada

Minerva Delgadillo dijo...

Entonces, espero la fecha :)