jueves, 18 de marzo de 2010

Otra identidad


Tan de moda los apodos en los últimos tiempos –han adquirido carta de nacionalidad, legitimidad incluso– por tanto personaje que los medios presentan en sociedad, ligados la mayoría al crimen organizado; los sicarios o jefes de los cárteles en realidad se llaman –muchos de ellos se autonombran– “La Barbie”, “El Gordo”, “El Mayo”, “El Beto,” “El Pozolero”, “El Señor de los Cielos”, “El Jefe de Jefes”, “El Teo”, entre otros tantos. La calle también está saturada de estos sobrenombres relacionados, las más de las veces, con las características físicas del aludido, o quizá resaltan alguna cualidad, alguna habilidad u obedecen quizás a su descabellado parecido con un personaje por todo mundo conocido.
Conozco personas de mucho tiempo atrás de las que desconozco su nombre. Es una cuestión por sí sola disparatada. De Tiluy, por ejemplo, ya muerto, nunca supe su verdadero nombre. De muchos su apodo es lo que más sobresale. Lo llevan como si lo presumieran, orgullosos. Por razones, que van desde lógicas hasta sumamente extrañas, o raras, reniegan del nombre que les pusieron y se acomodan más al mundo llevando en la frente un sobrenombre. En esa decisión de saberse conocidos por un apodo descansa un orgullo que aniquila la vergüenza (la ignominia de llamarse como se llaman, la desgana de atender cuando lo llaman no por su sobrenombre.)
El nombre de pila que tiene cada uno reviste un asunto del que no se puede desprender tan fácilmente. Habría que, en caso de querer cambiarlo, llevar a cabo un trámite más engorroso que complicado. Quien tiene un apodo, en cambio, –y si por éste se le distingue de entre la colectividad– vive en un perpetuo desdoblamiento: no sólo fluctúa entre dos sustantivos, sino que se mueve entre dos frentes. Nada hay en su nombre original que nos diga que se trata de la persona cuyo sobrenombre resulta más cercano, podría decirse que hasta cálido. El apodo tiene la cualidad de calzarse a la medida del depositario; y el nombre, a menudo, no encuadra tan a la perfección.
Los apodos son claves, algoritmos que conducen a establecer una identidad. Nada aporta más señas particulares de alguien que aquello que se desprende del apodo impuesto. Por su cabeza amarillenta, casi perfecta en su redondez, enorme, por mucho tiempo –hace años– conocí a un amigo como Calabaza: a últimas fechas lo he visto continuamente y ya no parece tal la horma de su cabeza. Pero no importa, él sigue siendo el Calabaza. Y a menudo se muestra pretencioso, airoso de ese sobrenombre que lo ha acompañado en los últimos veinte años. Su apodo le ha dado más de lo que esperaba, dice. Conoce –parafraseando a Saramago– el apodo que le dieron, pero desconoce el nombre con que lo llamaron en una pila bautismal.

“Pico de tempestad que se clava en mi cuello / un vaso en nuestra mesa parecido a una fosa / la máscara que brilla con temblor de una espada / un martinete ebrio tritura a la belleza / Las moscas de los muertos / zumban atentamente / si entran los vivos en la estancia / Un animal desnudo semejante a una gota / cae en el ojo de mis cinco sentidos / Una garra de luna sobre un seno / Esto es la soledad / Quien ha salido de ella / vive la aurora.”
Juan Bañuelos, “El paso de una puerta a otra puerta” en Espejo humeante (1968)

Imagen: 3.bp.blogspot.com

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

Al respecto, sólo púedo decir: Buenas noches, Sr. McCoy.