De pronto me siento dentro de una pecera. O imagino eso porque nunca he estado en el interior de una, con peces revoloteando (si es que un pez puede revolotear), y todas esas plantas bajo mis pies. La sensación se debe al ventanal que compone el frente del café en el que me encuentro: de un lado y de otro aparece gente que mira hacia el interior del local con la inquietud que muestra aquel que ve algo por primera vez. El extrañamiento crece a medida que los rostros desfilan sin cesar.
El panorama desde el interior deja ver distintos espectáculos que acontecen más allá del cristal: un anciano que lleva un lento andar se detiene cada dos o tres pasos y se toca en la zona de las costillas, un tipo, desde una banca, mira con insistencia a cuanta mujer desfila delante de sus ojos, las sigue con un interés inusitado hasta que se pierden; un hombre, calvo y regordete, habla continuamente por teléfono, a juzgar por la gesticulación tal pareciera que discute con quien lo escucha del otro lado del aparato; y así se suceden postales que se van sin remedio al olvido inmediato.
Adentro, contrario a lo que pudiera pensarse, hay demasiado ruido. Por más que intento alejarme de ello (no físicamente por supuesto), consigo sólo acrecentarlo con mi indisposición. En rápido vuelo por todo el local descubro la razón de tanto barullo que, a ratos, alcanza un límite ensordecedor: la presencia de algunos niños que han hecho de los pasillos una pista de tartán: el maratón está en plena efervescencia; el asunto es que las normas comunes dicen (no escritas, es obvio) que los cafés no son lugares para los pequeños. Para eso existen los parques, las unidades deportivas, el zoológico, las ferias que se instalan en las parroquias.
Vuelvo, agobiado por tal alboroto, la vista hacia el exterior: el desfile de personas parece interminable; a veces no se tiene en cuenta el número de individuos que rondan por las plazas comerciales: si se pudiera echar un vistazo a los vericuetos y profundidades de un hormiguero, aventuro que no sería distinto al ir y venir, desaforado casi, de las plazas en la ciudad. La diferencia, grande por cierto, tendría que ver con que las hormigas marchan bajo un orden casi marcial.
“Hoy mi deber era cantarle a la patria, / alzar la bandera, sumarme a la plaza; / hoy era un momento más bien optimista, / un renacimiento, un sol de conquista. / Pero tú me faltas hace tantos días, / que quiero y no puedo tener alegrías; / pienso en tu cabello que estalla en mi almohada, / y estoy que no puedo dar otra batalla”
Silvio Rodríguez, “Hoy mi deber era” en Unicornio
Imagen: fotosgrises.blogspot.com










_table-tablex.jpg.jpg)