jueves, 7 de enero de 2010

Entre vecinos te veas (2)


La convivencia vecinal ha desaparecido. La bandera de la modernidad exige tal cosa para llevar una vida más o menos pacífica. No hay tiempo para convivir, mucho menos para ir a tocar la puerta del vecino, a la hora en que se llega del trabajo, para pedirle, frío saludo de por medio, unos cuantos limones para darle sabor a la ensalada. La extinción de esos lazos nos llevó a contemplar inermes cómo la ciudad y sus habitantes se mullen a pedazos. Un vecino no llega a ser tal si no se le acomoda un rostro: para ello hay que haber cruzado por lo menos unas cuantas palabras con él. La premura es un acicate para tal objetivo. Nosotros mismos, incluso, nos hemos vuelto huidizos, nos aconchamos tras la puerta.
La disposición de las casas en las calles no contribuye en demasía a estrechar algún vínculo amistoso. No conozco al que vive frente a mi departamento (vivo en un edificio de apartamentos rodeado de casas, y no de otros edificios), ni a la señora de la esquina que, me he dado cuenta, ha cambiado sus dos coches de modelo más o menos reciente por una camioneta de ésas que con desparpajo invaden carriles en las avenidas con total impunidad: a sabiendas de que el otro automóvil acabará por hacerse a un lado so pena de resultar embarrado en la barrera de contención o salir volando por los aires. La distancia de un departamento a otro es mínima y, sin embargo, se abren años luz entre un inquilino y otro.
El vecino, como tal, es ya un ente que vive enterrado entre sus cuatro paredes, oculto ante la fauna que se pasea por las calles. Se ha vuelto tan sigiloso que no se sabe a qué horas sale al trabajo, en qué instante deja la bolsa de basura en la acera, a qué hora vuelve todos los días de sus labores; incluso, cuándo y en qué momento cambió el tono de la fachada de su casa y renovó el cancel por uno que parece más una muralla para contener embates de ejércitos furiosos que un simple barandal que deje ver el jardín y la cochera. El vecino es un desconocido con carta de ciudadanía: no se le conoce pero se pasea con legitimidad por pasillos y aceras.
Hace poco, entrada la noche, mientras leía un poco escuché gritos. Asomado a la ventana descubrí a dos tipos que peleaban a mitad de la calle. No se liaban a golpes. Deduje entonces, por el tono de voz incluso, que se trataba de una pareja de novios. Uno arreciaba en sus comentarios, manoteaba al aire y gritaba como si lo despellejaran. El otro, mesurado, trataba de controlar al primero. Agucé los ojos con la intención de escudriñar sus caras: eran unos perfectos desconocidos pero con asombro me percaté que vivían a unas puertas de mi departamento. Volví a la lectura convencido de que vivía rodeado de gente sin rostro, sin nombre, cuyo perfil resultaba irónicamente fantasmal.

“La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente apenas tiene nombre / y el otro es el oscuro, el abolido. / (….) La eternidad ignora las costumbres, / la da lo mismo rojo que azul tierno, / se inclina al gris, al humo, a la ceniza. / (….) Y sin embargo, ves, me aferro al lunes / y al día siguiente doy el nombre tuyo / y con la punta del cigarro escribo / en plena oscuridad: aquí he vivido”
Eliseo Diego, “Comienza un lunes”

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hemos perdido el sentido comunitario... Nos hemos olvidado del otro...para nosotros no existe la OTREDAD...sólo el ENCIMISMAMIENTO...que nos aleja y nos aisla del todo y nos adentra a un mundo de ideas y pensamientos que resplandecen eternamente en el Yo...sólo en el Yo y en nadie más...

"La Suegra Fresa de Canijo"