lunes, 11 de enero de 2010

Salir del sueño


a la Chica Azul

La luz, arrastrándose, entra de a poco en la habitación. Es de mañana afuera, adentro todavía quedan resabios de oscuridad. Las últimas zancadas para salir del sueño a menudo producen desgaste y agobio. Es como si se tratase de arañar el techo de un cuarto alto, que aparece cada vez más lejano, con el consecuente cansancio que supone querer alcanzarlo una y otra vez. La modorra tiene la cualidad de mantenernos alejados del mundo aún cuando lo pisemos y respiremos en torno suyo: en ese estado catatónico nada tiene una forma fija y ningún pensamiento puede saberse libre, completo, con vida propia.
Cuando uno se dispone a dormir es que el día ha rendido lo suficiente. Se deja la armadura y las armas a un costado de la cama. Y comienza entonces el tránsito hacia la inconsciencia, en cuyo trayecto pueden acontecer penosas demoras, acudir multitud de pensamientos y sobrevenir un sinfín de peripecias, todas atribuibles a una imaginación que no ha dado lo esperado. Dormir, dicen, es un deleite. Hay quien cabalga mientras duerme, o también quien se tira bajo un árbol y deja pasar el tiempo mientras el mundo revoluciona o se despedaza. Dormir es uno de esos placeres que pocas se valora. No se le da un estatus más alto que el de una actividad fisiológica necesaria. Pero tengo claro que es más que eso.
El último islote del que se echa mano en la terca intención de no querer abandonar el dormir es la cama. Abandonarla resulta una odisea cuyo camino aparece salpicado de monstruos invencibles y veredas fantásticas, aunque también de pretextos y válidas razones. Si ese barco estático, blando, que carece de babor y estribor no se ha hundido en tantas noches de duermevela e insomnio, en toda pretensión de negarse a que la noche concluya acaba por convertirse en un aliado insobornable, el más querido y protegido de todos. La cama desde siempre ha tenido un alto cometido: abrigar a su inquilino aún a pesar de que desate la más poderosa de las tormentas o sea conjurado el más destructor de los designios.
Dormir, como una actividad del todo terrenal, es decir, profundamente humana, supone un abandono que, lo dicen algunos, quizá mereciera otra aventura. No debería tratarse de un mero descanso. Mi abuelo decía que cuando dormía no lo hacía para descansar, que ya lo haría cuando estuviera la tumba: en su letargo continuaba hacia delante el mecanismo de la inventiva. Cuando se duerme, por otra parte, uno no elige el sueño que lo acompañe en la travesía, sin embargo esa multitud de sueños que han poblado todo colchón tienen cabida, acomodo, un rincón en ese vasto océano inamovible que se sostiene sobre cuatro patas y sobrevuela todas las ciudades del mundo. De ello se deduce que dormir, para que sea tal, ha de hacerse en una cama. No hay mejor lugar para ello.

“(….) Y el dueño de tu huerto florecido, / el taciturno, te volvió la espalda, / te dejó a solas con tus juegos mágicos, / los únicos que importan, y lloraste. / ¿Cómo pude yo hacer que sollozaras? / ¡La boina al sesgo del cabello pulcro, / tú, la del rostro terso, radiante, / quién pudo imaginarte entonces lágrimas! / Y sin embargo fuimos los dos uno, / no se puede ser más, y tú has llorado”
Eliseo Diego, “Cuadernillo de bella –5–”

Imagen: lacomunidad.elpais.com

1 comentario:

Anónimo dijo...

Uno de mis grandes placeres...DORMIR...

Desde pequeña, el dormir para mi es un enigma...

Los sueños (dicen a grandes rasgos los psicoanlistas, o al menos así les he entendido) son espacios en los cuales nos adentramos al inconciente y elaboramos mediante simbolismos los acontecimientos de nuestra vida...

Es por eso que nuestros sueños tienen significados muy personales...

"La Suegra Fresa de Canijo"