
Las nenas, con todos los olvidos y el desapego repentino, siguen verdemente radiantes, estirando el cuello apenas llego a casa. Una larga mirada les devuelve el aire perdido en el mapa de los días en desatino. Les retribuyo su esperanza con un poco de agua; antes, descubro que lo que las mantiene aquí es su perfecto acomodo con la vida sedentaria y oscura que llevo: no hay mayor certeza en toda esta barahúnda que su compañía.
El espacio se reconfigura con sus señales, con su sola presencia sorda, muda, estática, y sin embargo tan en movimiento, que ando tropezándome con ellas cuando voy del cuarto al patio, del estudio al baño, de la sala a la cocina, de cualquiera de estos sitios a la puerta de la calle. Salen al paso, hacen valla, dicen hasta pronto y vuelven al lugar que tienen como horizonte promisorio, como destino irrenunciable.
Tras darle la vuelta a la llave en la puerta de entrada del lado de la calle, ellas quedan allí, intramuros, solitarias: en ese vasto escenario imagino que su refriega cotidiana es agotadora, de actos y palabras atinadas, de escenificaciones que pugnan por trascender esas viejas paredes que no mudan de telón ni encienden los reflectores; aún con todo, ha de ser deslumbrante su proceder misterioso para los ojos invasores que han ido a caer ahí.
Y ahora, la pregunta obligada entonces es: ¿las nenas aceptarán el ir y venir desaforado, el trazado fiero de gestos y ademanes de Canijo –de próxima aparición? La cuestión no es menor si se considera, por un momento, que no hay antecedentes convincentes acerca de la convivencia de un perro con cualquier clase de plantas, que no ha habido jamás un acercamiento entre estos dos gremios que viven a la sombra de las petulancias y arrogancias humanas.
“Cómo gasto papeles recordándote, / cómo me haces hablar en el silencio, / cómo no te me quitas de las ganas / aunque nadie me vea nunca contigo. / Y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años / sin pasar tú por mí, detenida. / Te doy una canción si abro una puerta / y de las sombras sales tú. / Te doy una canción de madrugada, / cuando más quiero tu luz”
Silvio Rodríguez, “Te doy una canción” en Te doy una canción
Imagen: www.cocinavegetariana.net
2 comentarios:
Mis nenas no sufrieron el paso de Cacho por esta casa debido a la distancia que puse entre unas y otro, sin embargo el pobre animal no resistió las largas jornadas de soledad en un espacio tan reducido, aún me siento avergonzada por haberlo sometido a semejante castigo siendo tan apegado al amo, en fin ahora está en mejores manos y yo estoy pensando seriamente en tener peces. Chica Azul (va como anónimo involuntario pues he olvidado mi contraseña)
Lamento lo de Cacho. Y lo de los peces también lo he pensado. Quizá mi depa, más que una pecera, sea en el fondo un buen acuario
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