¿Será cierto que no hay peor ciego que el que no quiere ver? Así lo afirma la sentencia popular en alusión a la terquedad y la obcecación de alguien ante una situación particular. Tener la firme convicción de estar procediendo con certeza frente a un problema cualquiera implica –en una de sus aristas–que otros digan que se trata de un tipo testarudo, que no ve más allá de un palmo de narices. Las evidencias están allí, inalterables, inmaculadas y, sin embargo, el sujeto se ciega por no ceder o por un mínimo resabio de orgullo que detona ante las miradas recriminantes y sentenciosas.
En el cuento“El ramo azul” Octavio Paz establece esta figura, aunque matizada por un descuido fruto de las circunstancias: el tipo que aborda a otro en la calle oscura lo hace movido por sacarle los ojos, pues su novia le ha pedido un ramito de ojos azules. El atacado se defiende alegando que no los tiene de ese color, y el otro le dice que no trate de engañarlo. Pasado un rato el atacante se marcha convencido de que aquella mirada no es la que busca: su retorno no tiene que ver tanto con lo que en el fondo pretendía cuanto con la prueba fehaciente de su yerro.
Hay asimismo la otra cara de la moneda: carecer de vista no significa no poder ver lo que hay alrededor. La, a la postre, dolorosa insistencia de anteponer un velo ante lo evidente provoca que el camino más corto se transforme en una prologada travesía, en un oscuro itinerario cuyo final se verá cerca cuando se vislumbren y entiendan las debilidades. Esa capacidad de mirar no se supedita a carencias de ningún tipo, sino que, más bien, se sobrepone a una limitante que, sin importar su envergadura, no condiciona.
La ceguera del amigo de Claudio, en la novela La borra del café de Mario Benedetti, no le impedía “ver” a éste cuando lo visitaba: la fascinación del niño ante aquel sujeto invidente no pasaba desapercibida a nadie: ni al ciego ni a Claudio mismo. El niño era consciente de que el ciego poseía la facultad de verlo, no con los ojos era obvio, sino con algo que no lograba identificar pero que intuía le brotaba de los adentros: Claudio se concebía visible ante aquella mirada disparada, ante aquellos ojos blancuzcos en toda su circunferencia.
“(…) No estaba junto al llanto, / junto a lo despiadado, / por encima del asco, / adherido a la ausencia, / mezclado a la ceniza, / al horror, / al delirio. / No estaba con mi sombra, / no estaba con mis gestos, / más allá de las normas, / más allá del misterio, / en el fondo del sueño, / del eco, / del olvido. / No estaba. / ¡Estoy seguro! / No estaba.”
En el cuento“El ramo azul” Octavio Paz establece esta figura, aunque matizada por un descuido fruto de las circunstancias: el tipo que aborda a otro en la calle oscura lo hace movido por sacarle los ojos, pues su novia le ha pedido un ramito de ojos azules. El atacado se defiende alegando que no los tiene de ese color, y el otro le dice que no trate de engañarlo. Pasado un rato el atacante se marcha convencido de que aquella mirada no es la que busca: su retorno no tiene que ver tanto con lo que en el fondo pretendía cuanto con la prueba fehaciente de su yerro.
Hay asimismo la otra cara de la moneda: carecer de vista no significa no poder ver lo que hay alrededor. La, a la postre, dolorosa insistencia de anteponer un velo ante lo evidente provoca que el camino más corto se transforme en una prologada travesía, en un oscuro itinerario cuyo final se verá cerca cuando se vislumbren y entiendan las debilidades. Esa capacidad de mirar no se supedita a carencias de ningún tipo, sino que, más bien, se sobrepone a una limitante que, sin importar su envergadura, no condiciona.
La ceguera del amigo de Claudio, en la novela La borra del café de Mario Benedetti, no le impedía “ver” a éste cuando lo visitaba: la fascinación del niño ante aquel sujeto invidente no pasaba desapercibida a nadie: ni al ciego ni a Claudio mismo. El niño era consciente de que el ciego poseía la facultad de verlo, no con los ojos era obvio, sino con algo que no lograba identificar pero que intuía le brotaba de los adentros: Claudio se concebía visible ante aquella mirada disparada, ante aquellos ojos blancuzcos en toda su circunferencia.
“(…) No estaba junto al llanto, / junto a lo despiadado, / por encima del asco, / adherido a la ausencia, / mezclado a la ceniza, / al horror, / al delirio. / No estaba con mi sombra, / no estaba con mis gestos, / más allá de las normas, / más allá del misterio, / en el fondo del sueño, / del eco, / del olvido. / No estaba. / ¡Estoy seguro! / No estaba.”
Oliverio Girondo, “¿Dónde?”
Imagen: unodemayouno.blogspot.com
1 comentario:
Estuve este fin de semana en GDL, no supe sí contactarte o no, al final lo olvide. Espero podamos platicar pronto, hace tiempo que no nos leemos. Ya me tienes preocupada, me dí cuenta que hay muchos casos de dengue.
Un beso y un comunicado.
Publicar un comentario