miércoles, 24 de septiembre de 2008

Como queremos recordarlas


“Las cosas no son como las vivimos, sino como las leemos”, escribe Ignacio Solares a modo de variación sobre una afirmación de Valle-Inclán: “las cosas no son como las vivimos, sino como las recordamos”.
Norma Andrade, la protagonista de La vida que se va (novela de Vicente Leñero), le da un giro de trescientos sesenta grados a eso: ella reconstruye su vida, ya siendo anciana, en muchas vidas, va deshilando sus recuerdos de formas tan diversas que llegan a tocarse, a interponerse, a contradecirse, pero eso no le importa en lo más mínimo. Norma vivió tantas vidas como la imaginación le alcanza para configurarlas; y parece decir: “las cosas no son como las recordamos, sino como queremos recordarlas”.
Los recuerdos en ella son, en el fondo, detonantes de otras tantas historias que, de algún modo, dejan innumerables estelas en un mar en el que está, al mismo tiempo, caminando sobre la playa, en un bote mar adentro, volando por encima de aquel océano, o sumergida en el fondo de esa planicie líquida. Norma es, a la vez, otras Normas, tantas como ella así lo dispone. Y no se trata de una anciana que diga disparate tras disparate; sí se trata, como dice Solares, “de una loca”, pero la de ella es una locura que se dispara en numerosas direcciones, y de la que no podrá curarse porque, según su parecer, se vale de la certeza para hablar de su pasado.
Y la vida verdadera, la que vivió, sin embargo, no puede reconstruirla ya: se han entrecruzado tantas sensaciones y dejado tantas pistas en el camino, que le es imposible traer al presente cómo es que llegó a la edad que tiene, incluso cómo es que, ante la imposibilidad de reconstruirse honestamente, sí puede levantar otras tantas existencias que le resultan demasiado familiares, en las que la fantasía y los anhelos de haberlas podido ver llevan la delantera.
“Las cosas no son como las recordamos, sino como las queremos recordar”. No habría otra manera de poder definir a Norma Andrade: ella no es sino todo ese cúmulo de historias que han salido de su boca y que, sin embargo, de todas ellas ninguna le es propia. Y si no es así, que cada quien entre a su laberinto para que pueda dilucidarlo.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos- / esta muerte que nos acompaña / de la mañana a la noche, insomne / sorda, como un viejo remordimiento / o un vicio absurdo. Tus ojos / serán una vana palabra, / un grito callado, un silencio.”
Cesare Pavese, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

(“Los laberintos –literarios– de la fe”, Ignacio Solares sobre la obra de Vicente Leñero en la Revista de la Universidad de México, agosto de 2008.
Quiero escribirte un verso… como una espada, como un vuelo de palomas, inquietas en el pecho; un verso como junio, como esta madrugada….)

Imagen: www.urbinavolant.com

2 comentarios:

Chica azul dijo...

Los recuerdos son cosa extraña, no hay duda, y precisamente dentro de los vericuetos de esta extrañeza yo recordaba hace unos días esta novela y la recomendaba ampliamente. Curioso es, además, que yo le haya dedicado una plática y tú unas líneas a la misma historia por los mismos días, ¿no crees?

Celestino García Madero dijo...

Sí, es sumamente curioso. Los recuerdos saben arreglárselas para traer cosas como ésa: en esta tesitura no hay nada que les lleve mano, ni siquiera al que la da por recordar. Los recuerdos son, al fin, unas pequeñísimas figuras que, ya en el aire, ya fuera de la memoria, van de un lado a otro sin dirección predeterminada.